TODOS LO SABEN Y TODOS CALLAN
- Inmaculada Fernández Alonso

- hace 12 minutos
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El caso Epstein como espejo de cómo el poder construye zonas de impunidad, donde el silencio, la reputación y las relaciones pesan más que la justicia.

El caso de Jeffrey Epstein suele conocerse o contarse como la historia de un hombre que abusó de su poder y su dinero durante años. Sin embargo, reducirlo a la caída de un solo individuo es olvidar lo realmente importante. ¿Quién lo permitió? ¿Quién lo sabía y lo calló? ¿Cómo fue posible durante tanto tiempo?
El quid de la cuestión reside en la red de poder y silencio tejida durante años por la élite, una estructura de protección y complicidades que permitió que todo ocurriera a plena vista y que el abuso se transformara, no en escándalo, sino en parte del paisaje.
Epstein no fue solo una anomalía; fue el producto de un ecosistema donde el poder funciona como escudo, donde las relaciones pesan más que la ley y donde el escándalo rara vez se

traduce en consecuencias reales.
La pregunta que persiste no es únicamente qué hizo Epstein, sino cómo fue posible que tantos supieran —o sospecharan— y, aun así, el sistema siguiera funcionando como si nada. En ese vacío entre conocimiento y acción se revela una de las dinámicas más antiguas del poder: la capacidad de proteger a los propios, incluso a costa de la verdad.
Cuando el prestigio, los intereses compartidos y el acceso al poder se entrelazan, surge una dinámica peligrosa: denunciar implica riesgos personales, sociales y profesionales que muchos no están dispuestos a asumir. El silencio, entonces, no siempre es impuesto; a menudo es una elección incentivada por la propia estructura. Así, ciertos comportamientos pueden normalizarse, no porque se permitan o sean aceptados de manera abstracta, sino porque la cercanía al poder genera una apariencia de “excepcionalidad” o inmunidad. Donde quien lo hace, tiene la falsa creencia de que le es permitido por “ser quien es”.
Las reglas parecen ser flexibles para ellos, saben de manera perfecta que nadie va a ser capaz de derribar el patrón y escudo que les protege, y, además, tienen poder y dinero, lo que se traduce en tener al alcance de sus manos todo aquello que deseen. Esto desemboca en un hábitat de silencio y protección de unos con otros. El resultado es una tolerancia tácita: lo que sería inaceptable en otros contextos se relativiza cuando está en juego el prestigio o la estabilidad de la red. Cuando quien tienes enfrente o quien está cometiendo tales fechorías es quien tiene el poder, quizás por miedo, quizás por egoísmo.
No se trata únicamente de encubrimientos deliberados, sino de una suma de decisiones pequeñas —mirar hacia otro lado, minimizar, posponer— que, acumuladas, construyen una muralla de impunidad. Esa muralla no es visible como una institución formal, pero opera con una eficacia notable.

Esto conduce a otro elemento crucial: la cancelación selectiva. En teoría, los escándalos generan rechazo social y consecuencias reputacionales. Sin embargo, aquí, cada uno de los nombres supuestamente siguen hoy en día como si nada hubiera pasado.
La aplicación de ese rechazo es desigual. Algunos actores pagan un precio inmediato y visible; otros logran distanciarse, diluir su implicación o simplemente esperar a que la atención pública se desplace. El poder no solo protege: también administra el desgaste. Así, la indignación social se convierte en un fenómeno episódico que rara vez transforma las estructuras profundas.
Las instituciones pueden reaccionar con lentitud, los medios pueden enfrentarse a presiones directas o indirectas, y la opinión pública suele recibir fragmentos de información que diluyen la percepción de responsabilidad estructural. El foco se concentra en el personaje, mientras el sistema que lo sostuvo permanece, en gran medida, intacto.
El caso Epstein, visto desde esta perspectiva, funciona como síntoma más que como excepción. Expone cómo la concentración de influencia puede distorsionar los mecanismos de control y cómo la cercanía al poder altera los incentivos morales y profesionales. También revela una tensión permanente: las sociedades modernas se proclaman defensoras de la igualdad ante la ley, pero en la práctica conviven con espacios donde esa igualdad se vuelve negociable. La fascinación social por las élites, la dependencia de sus recursos y la cultura de la reputación crean condiciones donde el cuestionamiento profundo resulta incómodo. Y, sin embargo, es precisamente en ese cuestionamiento donde se juega la credibilidad de las instituciones.

Epstein no es solo un nombre ligado a un escándalo; es un recordatorio de que la impunidad rara vez es accidental. Se construye, se mantiene y se justifica dentro de sistemas donde el silencio tiene valor y donde hablar implica costos. Entender esto no equivale a asumir que todo poder es corrupto, sino a reconocer que cualquier estructura de influencia necesita vigilancia constante.
Tal vez el mayor error sea seguir pensando estos casos como desviaciones excepcionales, cuando en realidad funcionan como reveladores de dinámicas profundamente arraigadas. El poder no solo protege: amplifica.
Así pues, la pregunta que me gustaría lanzar para concluir es clara: ¿el poder corrompe, o son el poder y el dinero simplemente los instrumentos que permiten materializar los pensamientos y deseos de personas ya de por sí corrompidas?







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