top of page

FOMO, RAGEBAIT Y CLICS:

  • Foto del escritor:  Emilio Hernández
    Emilio Hernández
  • 18 ene
  • 6 Min. de lectura

Cómo las redes sociales condicionan nuestra perspectiva política y pensamiento crítico.


Artículo escrito por Emilio Hernández, estudiante de la Universidad Europea de Madrid


Todos los días somos víctimas y al mismo tiempo cómplices del scroll infinito. Instagram, TikTok, X (twitter), etc. Con solo deslizar nuestro dedo sobre una pantalla, cada segundo tenemos acceso a nueva información. Siempre habrá un nuevo post, un nuevo video, una nueva historia o un nuevo tweet al que reaccionar. Las redes sociales están tan estratégicamente diseñadas para mantenernos el mayor tiempo posible frente a la pantalla, que estar enterados de las últimas tendencias, noticias y rumores se ha vuelto casi una necesidad social.


Por si fuera poco, también tenemos la posibilidad de compartir nuestro propio contenido y, así, no quedarnos fuera de este barco orientado por la falsa dopamina. En cuestión de segundos podemos decirle a cientos de personas a la vez qué estamos haciendo; en dónde estamos; con quién estamos; qué nos gusta; o cuál es nuestra opinión sobre determinados asuntos. Naturalmente, una vez que nos hemos unido a la corriente digital, al compartir una pequeña parte de lo que somos a través de estos medios, consciente o inconscientemente estamos buscando la validación de nuestro público.


Absolutamente todo lo que existe en redes sociales es cuantificable, y esto tiene un por qué. Cada like, cada comentario, cada seguidor, cada compartido o cada retweet que recibimos viene acompañado de una gratificación instantánea. Nos envuelve una sensación de satisfacción, aceptación y autoestima, llevándonos a un ciclo adictivo en el que la búsqueda de estos golpes de dopamina inmediata se vuelve eterna e insaciable.



A nivel social, las consecuencias son cada vez más evidentes. Con el tiempo nos cuesta más trabajo concentrarnos, ser pacientes o retener información visual por más de quince segundos sin distraernos o aburrirnos. El ritmo tan veloz, efímero e inmediato de las redes sociales por un lado nos ofrece recompensas rápidas; mientras, por el otro, nos condena a la frustración y el estrés cada que volvemos a la vida real, donde la paciencia, el silencio y la visión a largo plazo son fundamentales incluso para las relaciones sociales que construimos todos los días.


A su vez, si a esto le sumamos el constante bombardeo de información al que estamos expuestos; así como la manera en que las redes están diseñadas con el único fin de buscar interacciones y viralidad, las repercusiones que las redes sociales tienen a nivel político en nuestras vidas son más grandes de lo que podemos darnos cuenta a simple vista.


En la política global, todo el tiempo están ocurriendo nuevos sucesos. Desde manifestaciones, crisis humanitarias, movimientos migratorios masivos... hasta guerras,invasiones o bombardeos. Todo ello, inevitablemente se vuelve contenido que alimenta nuestro algoritmo. Información que cumple las mismas reglas: cuyo objetivo no deja de ser la viralidad, las interacciones, y mayor tiempo en pantalla para el usuario. En este sentido, a las redes sociales (y, en particular, a la gente que las controla) poco o nada les importa la veracidad y la objetividad de la información que se está difundiendo a través de su medio. Lo único que les importa es precisamente eso: que se expanda; que llegue a tantas pantallas como sea posible y que los individuos detrás de las mismas interactúen, reaccionen y sientan la necesidad de aportar su opinión. La manera en que la gente expresa lo que piensa, o bien la mucha o poca información que tengan a la hora de hacerlo, pasará a segundo plano siempre y cuando contribuyan, sin saberlo, a esta cadena de ruido colectivo y violento donde muchas veces ya ni nos importa conocer la verdad, sino tener la razón.


Para favorecer que esto ocurra, resulta clave la aparición del fenómeno conocido como

FOMO (Fear Of Missing Out): una incómoda sensación de ansiedad al perderse experiencias, eventos, tendencias o información que otros están disfrutando. O parecen estar disfrutando. Es el miedo a “quedarse fuera”. Es el “Si todo el mundo está hablando sobre esto, entonces yo también tengo que hacerlo”. “Si todo el mundo opina esto de tal persona o situación, entonces yo opino lo mismo”. El pensamiento profundo y crítico está desapareciendo, y en su lugar es reemplazado por la inmediatez superficial de un sistema que premia respuestas rápidas, y rechaza razonamiento humano. Mismo razonamiento que resulta sumamente necesario para entender situaciones geopolíticas complejas.


Porque volvemos al punto inicial: la vida real no puede entenderse a través de un video de quince, treinta o cincuenta segundos. Requiere atención, cuidado, pensamiento crítico, objetividad y, sobre todo, humanidad. Sin embargo, cuando la única fuente de información que escuchamos es un bombardeo de videos de quince segundos, posts con información rápida e incompleta o contenido creado específicamente para enfadar o frustrar a los usuarios y así generar interacciones (ragebait), entonces podemos hablar de que nuestra perspectiva política está directamente condicionada y limitada a nuestro algoritmo.


En este aspecto también juega un papel importante el sesgo de confirmación. Es decir, nuestra tendencia a buscar, favorecer y validar solo aquella información que confirmanuestras creencias. Si un post dice exactamente lo que pensamos, seguramente le daremos like y lo compartiremos, quizá hasta dejemos un comentario positivo. Por el contrario, si confronta nuestras ideas, entonces lo desecharemos casi de forma automática.


Desaparecerá en la instantaneidad del algoritmo antes de siquiera contemplar la idea de escuchar una opinión distinta a la que hemos construido. A su vez, de esta manera también construimos un algoritmo personal sesgado mediante el cual solo recibimos aquella información que nos gusta escuchar. Aquello que ya aceptamos como verdad absoluta. El sesgo de confirmación es también, en cierto modo, una forma de desinformación. Porque si algo se requiere para entender la complejidad cambiante de la política es el cuestionamiento. La política está llena de matices, pues siempre está enfocada a objetivos concretos. Objetivos que hoy pueden ser unos y mañana otros. Que hoy pueden ser buscados mediante la diplomacia y mañana mediante una invasión. En este sentido, tener la capacidad de cuestionarnos constantemente cuál es nuestra genuina opinión política según el contexto sociopolítico de una situación determinada, no es tibieza, sino pensamiento crítico que entiende que en la política (y en la vida real) no siempre será todo blanco o negro.


Entonces, ¿cuál es la solución? ¿cómo dejamos de ser víctimas y cómplices del scroll infinito? Primero que todo, es importante reconocer que las redes sociales por sí mismas no son negativas. La difusión de noticias y opiniones políticas a través de las mismas tampoco lo es. Sin embargo, para saber consumir y crear contenido político de manera consciente es importante tener en claro la manera en que las redes sociales están constituidas y el por qué.


La popularidad no siempre es sinónimo de verdad. Y el discurso conflictivo y de odio hacia ciertas opiniones o posiciones políticas a veces ni siquiera es una opinión genuina, sino una estrategia mediática para ganar interacciones y posicionarse como “viral” en un medio que aplaude tal cosa.


Por lo tanto, es fundamental tener un criterio y un filtro propio sobre la información que estamos consumiendo; preguntarnos quién lo está diciendo, por qué lo está diciendo, de qué forma, cuáles son sus fuentes, qué implicaciones tiene tal acontecimiento que nos están contando; y, sobre todo, ser capaces de construir un criterio propio y una opinión personal de cada asunto mediante la objetividad y el debate. No hace falta entender opiniones distintas a la nuestra; mucho menos estar de acuerdo, evidentemente; pero reconocer que en la política global siempre existirán perspectivas distintas del mismo hecho, así como tener la capacidad de escucharlas, y, sobre todo, analizarlas a fondo, es un aspecto clave que nutrirá nuestro propio pensamiento crítico, aun cuando, para llegar a ello, nuestra tolerancia se vea puesta a prueba mediante debates acalorados. Porque si no, ¿cómo podemos estar seguros de que creemos lo que creemos, si nunca nos damos la oportunidad de contrastar nuestra forma de pensar? ¿cómo sabemos que realmente estamos defendiendo nuestra opinión, y no aquello que un algoritmo nos está diciendo que tenemos que opinar?


Instagram, Tiktok, X, no diferencian entre lo verdadero, lo popular, lo provocador o lo

directamente violento. Ni siquiera les interesa hacerlo. Pero nosotros no dejamos de ser

seres humanos conscientes y racionales, con capacidad de juicio intelectual y moral para

informarnos con los medios y herramientas que sean necesarios para garantizar que

nuestra opinión no es una imposición; nuestra argumentación no tiene por qué ser un

conflicto; y nuestra capacidad de cuestionamiento es tan humana como necesaria para

entender el mundo en el que vivimos.

Comentarios


bottom of page