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MÁS ALLÁ DE MONROE: LA DOCTRINA HEREDADA

  • Foto del escritor: Elena Azorín
    Elena Azorín
  • hace 4 días
  • 5 Min. de lectura

Artículo sobre geopolítica escrito por Elena Azorín


Desde su formulación en 1823, la Doctrina Monroe ha sido interpretada tradicionalmente como una política exterior circunscrita al contexto histórico del siglo XIX y limitada geográficamente al hemisferio occidental. Sin embargo, una lectura estrictamente historicista resulta insuficiente para explicar la persistencia de determinados patrones de comportamiento en la política exterior de Estados Unidos. Este artículo parte de la premisa de que, más allá de su formulación original, la Doctrina Monroe constituye el antecedente conceptual de un patrón estructural de actuación internacional, caracterizado por la defensa de esferas de influencia, la exclusión de actores rivales y la disposición a intervenir cuando dicha hegemonía se ve amenazada.



El objetivo de este trabajo es demostrar que la Doctrina Monroe no debe entenderse como una doctrina aislada y superada, sino como el origen de un modus operandi duradero, cuya lógica ha sido adaptada a distintos contextos históricos y regiones geográficas hasta el siglo XXI. Esta continuidad estratégica permite analizar la política exterior estadounidense no como una sucesión de doctrinas inconexas, sino como una práctica coherente de gestión del poder y de la seguridad.


La Doctrina Monroe como doctrina fundacional (1823)

La Doctrina Monroe surge en un contexto de reconfiguración del orden internacional tras las independencias latinoamericanas y el declive del poder colonial europeo en el continente americano. Su principio fundamental —la exclusión de nuevas intervenciones europeas en América— se presentó como una defensa de la soberanía de los nuevos Estados, pero respondía también a una preocupación central por la seguridad estratégica de Estados Unidos.


En este sentido, la Doctrina Monroe puede definirse como una doctrina de seguridad regional preventiva, que vincula de forma directa territorio, poder y estabilidad política. Al establecer una línea clara frente a las potencias extrahemisféricas, Estados Unidos inaugura una concepción de la seguridad basada no solo en la defensa del propio territorio, sino en el control del entorno geopolítico inmediato.


De doctrina regional a patrón hegemónico

Más allá de su contenido normativo explícito, la Doctrina Monroe inaugura una lógica de poder que trasciende su formulación original. Esta lógica se articula en tres elementos fundamentales: la delimitación de esferas de influencia, la identificación de amenazas externas y la legitimación de la intervención como instrumento para preservar el orden deseado.


A partir de este momento, la seguridad estadounidense deja de concebirse como un fenómeno estrictamente defensivo y pasa a entenderse como el resultado del control activo del entorno estratégico. Esta transformación supone un paso decisivo hacia una política exterior de carácter hegemónico, en la que el mantenimiento del orden regional —y posteriormente global— se convierte en un objetivo prioritario.


Adaptaciones históricas del “modelo Monroe”

Durante la Guerra Fría, esta lógica se manifestó en la exclusión sistemática de la influencia soviética en América Latina, con Cuba como principal línea roja geopolítica. La defensa de la seguridad hemisférica justificó intervenciones directas e indirectas destinadas a impedir la consolidación de regímenes alineados con una potencia rival.



Tras el fin de la Guerra Fría, lejos de desaparecer, este patrón se reconfigura. En el siglo XXI, la política exterior estadounidense se orienta hacia la exclusión de actores rivales en regiones consideradas estratégicas a escala global, como Oriente Medio o el Indo-Pacífico. En este contexto, doctrinas como la Doctrina Bush no deben entenderse como una ruptura, sino como una expresión globalizada de la misma lógica estructural de control, prevención e intervención.


La “Monroe implícita” del siglo XXI: hegemonía, exclusión y control estratégico

En el siglo XXI, la lógica inaugurada por la Doctrina Monroe no se manifiesta a través de una doctrina formalmente declarada, sino mediante lo que puede denominarse una Monroe implícita o estructural. Esta se caracteriza por la defensa activa de esferas de influencia, el establecimiento de líneas rojas geopolíticas y la exclusión de actores considerados rivales de espacios estratégicos, incluso cuando ello implica tensionar los principios clásicos de soberanía e igualdad jurídica de los Estados.


Un ejemplo paradigmático de esta lógica puede observarse en la operación ejecutada por Estados Unidos contra el presidente venezolano Nicolás Maduro en enero de 2026. La captura y traslado del mandatario a territorio estadounidense para ser juzgado por cargos de narcotráfico y terrorismo fue interpretada por diversos gobiernos latinoamericanos y sectores académicos como una violación de la soberanía estatal y del derecho internacional, al haberse producido sin mandato multilateral ni autorización del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Más allá de la discusión sobre su fundamento jurídico, el episodio pone de relieve una práctica de intervención directa orientada a la reconfiguración de regímenes considerados adversarios, con efectos evidentes sobre el equilibrio político interno y el control de recursos estratégicos, como el petróleo venezolano. Esta actuación no responde a la Doctrina Monroe en sentido estricto, pero sí reproduce su lógica estructural de exclusión e intervención para preservar una posición hegemónica en el hemisferio.


Esta misma lógica se observa en la persistente presión ejercida por Estados Unidos sobre Cuba. Tras los acontecimientos en Venezuela, altos cargos de la administración estadounidense sugirieron la posibilidad de intensificar medidas contra La Habana, acusándola de apoyar a regímenes hostiles a Washington. Tales declaraciones deben situarse en el marco de una política de largo recorrido que se remonta a la década de 1960, caracterizada por el aislamiento, la coerción económica y los intentos de desestabilización del régimen cubano. La continuidad de esta estrategia revela una concepción de la seguridad hemisférica en la que determinados Estados son percibidos como amenazas estructurales cuya mera existencia resulta incompatible con el orden regional deseado, reforzando así una lógica de control y exclusión típicamente monroísta.


Finalmente, la controversia en torno a Groenlandia ilustra cómo esta lógica hegemónica puede proyectarse más allá del hemisferio occidental. El renovado interés estadounidense por el control o adquisición del territorio, justificado por su valor estratégico frente a la creciente presencia de Rusia y China en el Ártico, ha suscitado tensiones con Dinamarca y otros aliados, así como preocupaciones sobre el respeto a la soberanía territorial. Aunque Groenlandia se sitúa fuera del ámbito geográfico original de la Doctrina Monroe, el razonamiento subyacente —impedir que potencias rivales consoliden posiciones estratégicas en un entorno considerado vital— remite claramente a la misma gramática de poder. En este sentido, puede hablarse de una expansión funcional de la lógica monroísta, adaptada a un contexto de competencia global entre grandes potencias.


En conjunto, estos casos ponen de manifiesto que, en el siglo XXI, Estados Unidos no aplica la Doctrina Monroe de forma literal ni explícita, pero sí actúa conforme a un modus operandi heredado, basado en la defensa de esferas de influencia, la prevención de la penetración de actores rivales y la disposición a intervenir —directa o indirectamente— cuando dicha hegemonía se ve cuestionada. Esta Monroe implícita constituye, así, una herramienta analítica útil para comprender la continuidad profunda de la política exterior estadounidense más allá de los cambios doctrinales formales.


Conclusión

La Doctrina Monroe no debe entenderse únicamente como una política exterior propia del siglo XIX, limitada a un contexto histórico ya superado. Por el contrario, constituye el origen conceptual de una práctica hegemónica duradera, cuya lógica fundamental —defensa de esferas de influencia, exclusión de actores rivales e intervención preventiva— continúa informando la actuación internacional de Estados Unidos.


Aunque adaptada a nuevas realidades geopolíticas y revestida de diferentes marcos doctrinales, esta lógica sigue operando como un modus operandi estructural de la política exterior estadounidense. Reconocer esta continuidad permite comprender mejor tanto las acciones pasadas como las dinámicas actuales del poder estadounidense en el sistema internacional.



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