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EL MUNDO EN 2026: RIESGOS Y EN GEOPOLÍTICA

  • Foto del escritor: Elena Azorín
    Elena Azorín
  • 6 dic 2025
  • 11 Min. de lectura

Artículo sobre geopolítica escrito por Elena Azorín


El no valorar, analizar y realizar una respuesta sobre posibles riesgos futuros que valoran las ONG, las organizaciones internacionales, la sociedad civil y demás instituciones globales hace que indicios de crisis se conviertan en grandes problemas internacionales. Porque hemos de recordar que vivimos en un mundo globalizado e interconectado, y ello hace que la crisis de un país se lleve a otros países y regiones. De modo que a veces se hace imposible hablar de crisis local o nacional, los problemas de una región.


La lección ucraniana: cuando el riesgo estaba ahí, pero la prevención llegó tarde.

¿Cómo afecta la guerra entre Ucrania y Rusia a la economía de los países de la UE? Por el precio de la energía, tener que buscar otros exportadores de energía, ya que no querían comprar el gas ruso para no apoyar al país, inflación, recortes... Que pueden haber beneficiado o afectado negativamente a distintos países... como EEUU, que ganó beneficios al ser un exportador de gas a países de la Unión.


En esta misma guerra podemos ver cómo hubo una falta de preparación y de respuestas adecuadas. Ya que la comunidad internacional no logró disuadir eficazmente antes de febrero de 2002. Las alertas existieron y fueron crecientes, especialmente desde finales de 2021, cuando EE. UU. empezó a hacer públicas advertencias de inteligencia sobre una ofensiva inminente. Sin embargo, la disuasión política y económica no fue suficiente para evitar la invasión. En este sentido, puedes decir que hubo insuficiente preparación preventiva a nivel internacional. Uno de los grandes puntos donde más claro queda el “riesgo no gestionado” fue la dependencia de gas ruso acumulada durante años, que se convirtió en una palanca de presión y contribuyó a la crisis energética posterior a la invasión. Esto encaja perfecto en un marco de “riesgos sistémicos ignorados”: el problema no era que Europa no supiera que dependía, sino que no había construido suficientes alternativas a tiempo. De modo que la guerra de Ucrania no evidencia una ausencia total de alertas, sino una preparación preventiva insuficiente y desigual: el riesgo estaba diagnosticado, pero no se internalizó políticamente al mismo nivel en todos los actores, especialmente en la dimensión energética europea y en la capacidad de disuasión previa.



La experiencia reciente demuestra que muchas crisis internacionales no estallan por falta de información, sino por falta de previsión estratégica: instituciones internacionales y Estados tienen que reaccionar cuando el costo político ya es inevitable. En lugar de intervenir antes en el análisis, prevención y capacidades de respuesta. Cuando los riesgos se subestiman o se tratan como episodios aislados, se pierde la oportunidad de desactivar dinámicas de escalada, reducir vulnerabilidades estructurales y proteger la estabilidad del sistema. Este artículo quiere mostrar y analizar los principales riesgos que afectarán —o seguirán afectando— al orden internacional en 2026, entendiendo que cartografiar amenazas no es un ejercicio de pesimismo, sino una herramienta de resiliencia.


POSIBLES RIESGOS GOBALES PARA 2026


ESCALADA EN RUTAS ESTRATÉGICAS

El viernes, un buque que transitaba por el estrecho de Bab el-Mandeb fue perseguido por embarcaciones menores que abrieron fuego, en un incidente que las autoridades británicas y una firma de seguridad privada atribuyeron a un posible ataque de piratería. El episodio, en el que los guardias armados del barco respondieron al fuego y la tripulación resultó ilesa, vuelve a situar este paso estrecho —puerta entre el mar Rojo y el golfo de Adén— en el centro de la inquietud marítima global.


Tras meses marcados por los ataques de los hutíes vinculados a la guerra de Israel, Hamás y el repunte de la piratería somalí, este suceso confirma que la aparente pausa regional no equivale a una reducción real del riesgo: Bab el-Mandeb sigue siendo un punto de estrangulamiento donde confluyen conflicto, crimen organizado y vulnerabilidad logística. Y precisamente por eso este artículo parte de aquí para analizar los riesgos que afectarán —o seguirán afectando— al orden internacional en 2026 y, en paralelo, las oportunidades de cooperación y resiliencia que pueden ayudar a prevenir, contener o amortiguar crisis antes de que se conviertan en shocks globales.


Bab el-Mandeb no es solo un accidente geográfico: es una bisagra estratégica que conecta el mar Rojo y el golfo de Adén, y por extensión el flujo comercial entre Europa y Asia a través de Suez. Cuando ese paso se vuelve inseguro, el impacto no se queda en el ámbito militar. Se traslada a rutas más largas, congestión en puertos alternativos, retrasos y sobrecostes que terminan filtrándose en precios y cadenas de suministro. Esta lógica ya se vio con claridad durante el ciclo de ataques iniciados en 2023: en los primeros meses de 2024 el tránsito por Suez cayó bruscamente, obligando a desvíos y distorsionando indicadores macroeconómicos globales.


Aquí es donde las instituciones importan. UKMTO funciona como un nodo crítico de aviso y coordinación de reportes de incidentes en tiempo real para la navegación comercial en la región. Junto a ese sistema de alerta y análisis, la Unión Europea mantiene la operación defensiva EUNAVFOR ASPIDES, cuyo mandato para salvaguardar la libertad de navegación en relación con la crisis del mar Rojo fue prorrogado por el Consejo hasta el 28 de febrero de 2026. La existencia de estas estructuras no garantiza ausencia de incidentes, pero sí reduce el riesgo de sorpresa estratégica, mejora la coordinación y eleva el coste operativo para actores que buscan explotar la vulnerabilidad del tráfico marítimo.


El riesgo de 2026 no es un único estrecho, sino un patrón. Bab el-Mandeb se conecta conceptual y operativamente con otros puntos de estrangulamiento donde confluyen rivalidad de potencias, militarización y criminalidad marítima. En el Indo-Pacífico, por ejemplo, el mar de China Meridional sigue siendo un espacio de fricción estructural: varios Estados ocupan decenas de formaciones disputadas y han construido más de 90 puestos avanzados según los registros de la Asia Maritime Transparency Initiative (CSIS). Las patrullas y demostraciones de fuerza alrededor de áreas disputadas como Scarborough Shoal han aumentado la densidad de encuentros y el riesgo de incidentes. Y la evidencia reciente de despliegues marítimos masivos en la región refuerza la idea de que 2026 podría combinar presión militar sostenida con episodios de tensión aguda.


Para Europa, esta agenda es más que un tema de defensa. Es un problema de estabilidad económica y política interna. Cada repunte de inseguridad en el mar Rojo/Suez eleva costes logísticos y puede reactivar presiones inflacionarias, además de golpear la competitividad de industrias dependientes de cadenas rápidas y fiables. En términos estratégicos, la lección es clara: la resiliencia europea pasa por diversificar rutas, reforzar capacidades de protección marítima, reducir dependencias críticas y anticipar shocks en lugar de limitarse a gestionarlos cuando ya se han convertido en crisis.


Este hecho reciente en Bab el-Mandeb es más que una noticia: es una señal temprana. Indica que incluso cuando un tipo de amenaza se reduce (como los ataques de un actor armado concreto), otros vectores —piratería, crimen organizado, oportunismo en zonas grises— pueden llenar el vacío. Por eso, cartografiar el riesgo marítimo para 2026 no es un ejercicio de alarma, sino de realismo estratégico.


Y aquí está el puente con el enfoque más amplio de tu artículo: si el sistema internacional ha aprendido algo en la última década, es que las crisis rara vez nacen de la nada. Surgen de vulnerabilidades conocidas que no se tratan a tiempo, de alertas que se interpretan como ruido y de una inversión insuficiente en prevención. En 2026, valorar con seriedad riesgos como los chokepoints marítimos —y, a la vez, las oportunidades de cooperación técnica, operaciones defensivas coordinadas y reformas de resiliencia logística— puede ser la diferencia entre un sobresalto regional y un shock global.


RETROCESO EN DERECHOS HUMANOS

Los informes más recientes de Naciones Unidas han alertado de un aumento inquietante de la violencia sexual como táctica de guerra en varios conflictos activos. Esta práctica, definida por la ONU como una violación grave del derecho internacional y una forma de tortura, ilustra de manera contundente cómo el retroceso en derechos humanos no surge de la nada: se desarrolla cuando los Estados y las instituciones internacionales no anticipan riesgos ni actúan a tiempo para proteger a la población civil. La violencia sexual se utiliza para sembrar terror, desplazar comunidades y destruir cohesión social; es un síntoma extremo de un sistema de protección que está fallando.


En 2026, esta tendencia debe preocupar aún más porque forma parte de un patrón más amplio: represión creciente en zonas de conflicto, limitaciones a libertades civiles, ataques a periodistas, criminalización de derechos básicos y desplazamientos forzados acelerados por guerras y crisis climáticas. Las vulnerabilidades en derechos humanos se amplifican unas a otras, y cuando no se contienen a tiempo, termina

n generando inestabilidad regional y crisis humanitarias de gran escala.


Sin embargo, existen oportunidades reales para frenar esta deriva. La diplomacia preventiva, la cooperación internacional en justicia y documentación, el fortalecimiento de mecanismos de verificación, el apoyo a víctimas y el empoderamiento de organizaciones locales permiten no solo responder, sino anticipar retrocesos antes de que se consoliden. La experiencia demuestra que intervenir temprano es más eficaz y menos costoso —humana y políticamente— que reaccionar una vez que el daño es irreparable.


La conclusión es clara: los retrocesos en derechos humanos no se detienen solos. Requieren instituciones capaces de leer señales tempranas, Estados dispuestos a asumir responsabilidades y una comunidad internacional que entienda que cada violación ignorada abre espacio para abusos mayores. En 2026, la diferencia entre una tensión manejable y una crisis profunda puede depender exactamente de esa capacidad de anticipación y acción.


DESINFORMACIÓN + POLARIZACIÓN ELECTORAL

Los estudios más recientes sobre integridad informativa alertan de un repunte significativo de la desinformación en periodos electorales. La proliferación de deepfakes, campañas automatizadas y narrativas polarizantes, muchas veces impulsadas por actores externos o grupos coordinados, demuestra que las democracias se debilitan no por falta de información, sino por la imposibilidad de distinguir lo verdadero de lo manipulado. Este fenómeno revela un patrón similar al de otros retrocesos democráticos: cuando los Estados y las instituciones internacionales no anticipan el riesgo, la manipulación del entorno informativo se consolida como herramienta política.


Este deterioro no ocurre de forma aislada. En 2026, la integridad democrática se ve amenazada por una combinación de factores que se refuerzan mutuamente: desconfianza creciente en instituciones, fragmentación del debate público, polarización emocional alimentada por algoritmos y una saturación informativa que facilita que discursos extremos desplacen a las voces moderadas. La manipulación informativa no solo condiciona el voto; altera la cohesión social, erosiona la legitimidad institucional y puede desencadenar crisis políticas en sociedades ya tensas.


Aun así, el panorama no es únicamente negativo. Existen oportunidades reales para contener y revertir esta tendencia: reforzar la alfabetización mediática desde edades tempranas, exigir mayor transparencia en plataformas digitales, coordinar esfuerzos regulatorios internacionales, apoyar a medios independientes, mejorar los sistemas de verificación y establecer pactos de integridad electoral entre partidos. Estas herramientas son esenciales no para censurar, sino para garantizar que la competencia democrática se desarrolle en un terreno de juego justo y verificable.


La conclusión es clara: la desinformación y la polarización electoral solo pueden frenarse si se identifican temprano y se actúa antes de que se normalicen. En un contexto global donde la estabilidad democrática es cada vez más frágil, la diferencia entre un debate plural y una crisis política puede residir exactamente en esa capacidad de anticipación y protección del ecosistema informativo.


ATAQUES EN PALESTINA DURANTE EL ALTO AL FUEGO

Los informes recientes sobre ataques en Gaza y Cisjordania, pese al alto el fuego anunciado, confirman que las treguas sin mecanismos de verificación sólidos no bastan para detener las violaciones de derechos humanos. La continuidad de operaciones militares, incursiones puntuales y daños a zonas civiles muestra hasta qué punto la población sigue desprotegida incluso en periodos que deberían ofrecer un respiro humanitario. Este patrón revela una falla estructural: cuando no se anticipan los riesgos ni se garantiza vigilancia internacional efectiva, los retrocesos en derechos humanos se perpetúan bajo la apariencia de calma.



Este deterioro no ocurre aislado del resto del sistema. En 2026, la situación en Palestina se inserta en una dinámica de vulnerabilidades que se retroalimentan: destrucción de servicios esenciales, desplazamientos forzados, restricciones a la movilidad, presión sobre hospitales y escuelas, y una creciente sensación de inseguridad que alimenta tensiones políticas y sociales. En este contexto, cualquier incumplimiento del alto el fuego tiene un impacto multiplicado, porque se inserta en un tejido ya debilitado por meses —e incluso años— de crisis humanitaria crónica.


Aun así, existen oportunidades para contener esta deriva. La presencia de observadores internacionales, la diplomacia preventiva, la coordinación entre actores regionales, la mejora de mecanismos de verificación, y la presión diplomática conjunta pueden reducir la probabilidad de violaciones y crear espacios para la protección efectiva de civiles. Del mismo modo, un apoyo humanitario sostenido y despolitizado es esencial para evitar que el deterioro de las condiciones de vida profundice aún más el círculo de violencia.


La conclusión es clara: los ataques que continúan durante un alto el fuego no solo evidencian incumplimientos puntuales, sino la fragilidad de la protección internacional en contextos donde los riesgos no se anticipan adecuadamente. En un entorno tan volátil, la diferencia entre una tregua imperfecta que salva vidas y una crisis humanitaria que se agrava puede depender únicamente de la capacidad de vigilancia, prevención y acción temprana.


El Precio de la Paz: Europa ante el dilema territorial en Ucrania

En los últimos meses ha surgido dentro de varios círculos políticos europeos un debate incómodo pero cada vez más visible: la idea de que el camino hacia una paz negociada en Ucrania podría pasar por aceptar alguna forma de concesión territorial. Aunque ni la Unión Europea ni sus instituciones han respaldado oficialmente esta posición, el mero hecho de que algunos gobiernos, partidos o analistas empiecen a plantearla muestra un cambio de clima estratégico. La fatiga de guerra, el coste económico prolongado, la presión energética y el temor a una escalada mayor alimentan este discurso, que plantea la paz como un equilibrio pragmático más que como la restauración total de fronteras.


Sin embargo, esta visión choca con otro bloque europeo que considera que aceptar pérdidas territoriales supondría legitimar la ocupación por la fuerza y erosionar principios fundamentales del orden internacional, desde la integridad territorial hasta la prohibición del uso agresivo de la fuerza. Para estos actores, cualquier concesión territorial no solo afectaría a Ucrania, sino que crearía un precedente peligroso para la seguridad europea y global.


El resultado es un debate dividido: entre quienes ven en la cesión territorial un mal menor para detener el conflicto y quienes advierten que sacrificar territorio en nombre de la paz inmediata podría generar una inestabilidad aún mayor a largo plazo. Esta fractura interna refleja el dilema más profundo de Europa: cómo equilibrar la necesidad de paz con la defensa de los principios que sostienen su propio modelo de seguridad.


El panorama internacional de 2026 confirma una tendencia inquietante: las crisis globales no surgen de imprevistos, sino de vulnerabilidades que estuvieron a la vista y no se abordaron a tiempo. La guerra en Ucrania, los ataques persistentes en Gaza pese a altos al fuego, la desinformación electoral, la inseguridad en rutas estratégicas y los retrocesos en derechos humanos muestran un patrón común: una falta de previsión estratégica que permite que los riesgos se transformen en crisis transnacionales. En un mundo interdependiente, ningún conflicto es estrictamente local y cada omisión en la prevención tiene efectos multiplicadores que trascienden fronteras.


Frente a este escenario, la verdadera herramienta de resiliencia no es reaccionar cuando la crisis ya está en marcha, sino anticipar señales, invertir en prevención y fortalecer los mecanismos de protección internacional. La seguridad marítima, la protección de derechos humanos, la integridad informativa y la estabilidad democrática no pueden depender de respuestas improvisadas —requieren vigilancia constante, cooperación multilateral y políticas coherentes. El desafío para 2026 no es evitar todos los riesgos, tarea imposible, sino impedir que los riesgos conocidos escalen por falta de preparación. En un contexto global cada vez más volátil, la anticipación se convierte en la línea que separa el sobresalto regional del shock internacional.


BIBLIOGRAFÍA

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