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EEUU Y EUROPA¿UNA NUEVA OPORTUNIDAD?

  • openyouth2025
  • 30 nov 2025
  • 4 Min. de lectura

Artículo sobre Geopolítica escrito por Manuel Jouve Fernández

La reelección de Donald J. Trump en 2025 no sorprendió al mundo, pero sí lo agitó. Europa, que llevaba décadas acomodada bajo el paraguas de seguridad estadounidense, se encontró de golpe en una posición incómoda: el aliado histórico seguía ahí, pero ya no como un protector incondicional, sino como un socio impaciente, exigente, incluso abiertamente crítico. Y ese cambio —más político que militar— ha terminado provocando una sacudida histórica en la arquitectura de seguridad europea.



En su primera cumbre tras la investidura, Washington dejó claro el mensaje: la defensa europea debe ser responsabilidad de los europeos. Lo que durante años fue una recomendación vaga se convirtió en un ultimátum diplomático. En junio de 2025, los miembros de la OTAN firmaron un compromiso tan ambicioso como controvertido: elevar el gasto en defensa hasta el 5 % del PIB antes de 2035. Una cifra impensable apenas unos años atrás y que marcó la pauta de un nuevo tiempo político.


La decisión, más allá de su dimensión presupuestaria, tuvo un efecto psicológico: Europa tomó conciencia de su vulnerabilidad. El continente comprendió que depender de un aliado cuya política exterior es volátil —y cuyos intereses no siempre coinciden con los europeos— ya no era sostenible. A partir de ahí, la Unión Europea inició una transformación acelerada que, en muchos sentidos, reconfigura su identidad.


En marzo y abril de 2025, la Comisión Europea presentó el plan conocido como Readiness 2030 (anteriormente “ReArmar Europa”), con la ambición de movilizar hasta 800.000 millones de euros para estimular la industria de defensa, desarrollar capacidades conjuntas, reforzar la producción europea y reducir la dependencia de potencias externas. Por su parte, el Parlamento Europeo y el Consejo aprobaron, meses después, el European Defence Industry Programme (EDIP): un mecanismo destinado a coordinar compras, financiar sectores estratégicos y aumentar la autonomía industrial del continente.



La UE complementó este impulso económico con proyectos emblemáticos en octubre de 2025, incluyendo sistemas antidrone, vigilancia avanzada del flanco oriental, defensa aérea integrada y el germen de un “escudo espacial europeo”. No son simples iniciativas tecnológicas: representan un cambio doctrinal. Europa ya no aspira a ser un actor dependiente; quiere ser un proveedor de seguridad en su propio territorio.


Todo este movimiento ha tenido también repercusiones jurídicas. La defensa — tradicionalmente ámbito exclusivo de los Estados— está entrando de lleno en un proceso de europeización práctica. No se ha reformado aún el tratado para crear un ejército europeo, pero la realidad avanza más rápido que los textos: compras conjuntas, planificación operativa compartida, normas de interoperabilidad, fondos comunes y programas industriales transfronterizos. Europa avanza hacia una defensa “en red”, donde la soberanía ya no se entiende solo en términos nacionales, sino compartidos.


Pero ninguna transformación profunda carece de tensiones. La meta del 5 % del PIB ha sido criticada por países que consideran el objetivo excesivo, fiscalmente insostenible o incompatible con políticas sociales ya tensadas. Otros temen que esta carrera pued alimentar una escalada global o que normalice un incremento permanente del gasto militar. Y existe un dilema democrático evidente: ¿cómo justificar ante los ciudadanos que la mayor inversión común de la historia europea se dirija a defensa en lugar de a vivienda, transición energética o educación?


Además, la autonomía estratégica europea no se agota en lo militar. Requiere soberanía tecnológica, resiliencia industrial, acuerdos comerciales inteligentes, diplomacia eficaz y una visión compartida de los intereses de Europa en el mundo. Si alguna de estas piezas falla, la estrategia corre el riesgo de quedarse en una lista de buenas intenciones o, peor aún, en una colección de programas inconexos sin impacto real.


En esta encrucijada, la presidencia Trump actúa como un catalizador, pero no como un destino. La pregunta decisiva no es qué exige Washington, sino qué quiere ser Europa. Si continúan las inversiones, la coordinación institucional y el desarrollo industrial, el continente podría convertirse en un actor geopolítico de pleno derecho en 2035: creíble, autónomo y capaz de proteger sus intereses. Si los estados vuelven a las dinámicas de división, duplicidad y competición interna, el impulso actual podría evaporarse en una década, dejando a Europa más vulnerable que antes.


Al final, la cuestión no es militar ni presupuestaria: es existencial. Europa se ve obligada, quizás por primera vez desde la posguerra, a mirarse en el espejo y decidir su propio papel en la historia.


¿Será capaz la Unión Europea de aprovechar esta oportunidad para convertirse en un actor estratégico adulto, o volverá a refugiarse en la comodidad de delegar su seguridad en otros?




Bibliografía

• AP News. “EU leaders endorse a plan to ensure that Europe can defend itself by 2030.” Enero de 2025.


• Consejo de la Unión Europea (Consilium). “EU investments in defence: Council and Parliament agree to support faster, flexible and coordinated investments.” Nota de prensa, 5 de noviembre de 2025.


• EFE / EuroEFE. “Bruselas dará prioridad a la industria europea de defensa con 150.000 millones en créditos.” Marzo de 2025.


• Europa Press. “Líderes de la OTAN rubrican su compromiso para gastar el 5 % del PIB en defensa.” 25 de junio de 2025.


• HuffPost. “Von der Leyen propone movilizar cerca de 800.000 millones para la defensa en la UE.” Abril de 2025.


• Kancs, d’Artis. European Defence Readiness: A Cold War 2.0 Scenario Analysis. Preprint, 2024.


• Reuters. “European Parliament approves new EU $1.7 billion defence investment programme.” 25 de noviembre de 2025.


• Reuters. “EU proposes ‘flagship’ defence projects to counter drones, protect eastern border.” 16 de octubre de 2025.

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