La Tierra Prometida: Estados Unidos, eterno protagonista.
- Elís Vázquez
- 22 ene
- 5 Min. de lectura
Artículo sobre geopolítica de
La historia de la expansión estadounidense suele asociarse hacia el Oeste en el siglo XIX, a todos se nos vienen a la mente las imágenes de vaqueros con caballos en el desierto americano, mientras avanzan por tierras desconocidas y luchan contra los nativos. Durante este entonces surgió la doctrina del Manifest Destiny, esta sostenía que Estados Unidos tenía el derecho y la misión inevitable de expandirse territorialmente por el continente norteamericano. La doctrina se apoyaba en la idea de que la expansión de Estados Unidos estaba querida por Dios (providential mission). Muchos de sus defensores creían que el pueblo estadounidense había sido elegido para llevar la civilización, el cristianismo y un modelo político “superior” a nuevos territorios.

Polvo · Horizonte · Frontera
Si se observa con cierta distancia, esta historia no termina en el Pacífico, es ahí en realidad donde comienza otra fase. A pesar de que esta idea se fue secularizando la estructura del argumento se mantuvo. La frontera desaparece, pero la lógica que la impulsaba permanece. Lo que cambia no es el objetivo (la seguridad a través del poder), sino la escala en la que se persigue. Durante el siglo XIX, Estados Unidos se comportó como una potencia en ascenso que buscaba eliminar vulnerabilidades estructurales. La expansión territorial no fue un simple impulso ideológico ni una deriva inevitable del crecimiento demográfico, fue un proceso mediante el cual el Estado estadounidense aseguró profundidad estratégica, control de recursos y ausencia de rivales en su entorno inmediato. Al finalizar ese proceso, Estados Unidos había logrado algo excepcional desde el punto de vista geopolítico: convertirse en hegemón regional, protegido por dos océanos y sin amenazas directas en sus fronteras.
Ese logro tuvo consecuencias, una vez garantizada la seguridad en el ámbito continental, la atención estratégica comenzó a desplazarse hacia el exterior. Estados Unidos ya no necesitaba expandirse para sobrevivir, pero sí necesitaba evitar que otros Estados alcanzaran un nivel de poder comparable en sus respectivas regiones. Es en ese momento cuando la política exterior estadounidense empieza a adquirir un alcance verdaderamente global. El excepcionalismo emerge entonces no como una simple idea identitaria, sino como una forma de explicar, y justificar, una presencia creciente en los asuntos internacionales.
Hormigón · Radar · Silencio
A lo largo del siglo XX y especialmente tras el fin de la Guerra Fría, Estados Unidos comenzó a actuar como si su estabilidad dependiera del orden global en su conjunto. Desde una lógica realista, este comportamiento no resulta contradictorio: un Estado que ha alcanzado una posición de primacía tiene incentivos claros para preservar un balance of power que le sea favorable y para impedir la aparición de competidores capaces de erosionar su hegemonía. El lenguaje normativo que acompaña estas políticas no sustituye esta lógica, sino que la hace políticamente sostenible.

A lo largo del siglo XX y especialmente tras el fin de la Guerra Fría, Estados Unidos comenzó a actuar como si su estabilidad dependiera del orden global en su conjunto. Desde una lógica realista, este comportamiento no resulta contradictorio. Un Estado que ha alcanzado una posición de primacía tiene incentivos claros para preservar un balance of power que le sea favorable y para impedir la aparición de competidores capaces de erosionar su hegemonía. El lenguaje normativo que acompaña estas políticas no sustituye esta lógica, sino que la hace políticamente sostenible.
Esta continuidad puede observarse con claridad en espacios que, a primera vista, parecen alejados del relato clásico del Manifest Destiny. El caso de Groenlandia es especialmente ilustrativo. Durante décadas, la isla ocupó una posición marginal en el debate político internacional. Sin embargo, el cambio climático, la apertura del Ártico y la intensificación de la competencia entre grandes potencias han transformado su valor estratégico. Groenlandia se ha convertido en un punto clave para el control de rutas marítimas, capacidades militares y acceso a recursos naturales.
Desde esta perspectiva, el interés estadounidense en Groenlandia no responde a una excentricidad política ni a un residuo del imperialismo clásico. Responde a una lógica muy reconocible: asegurar posiciones estratégicas en regiones emergentes para evitar que actores rivales alteren el equilibrio de poder. La diferencia con el siglo XIX no está en el objetivo, sino en los métodos. Ya no se trata de anexar territorios, sino de garantizar influencia, presencia y capacidad de veto en espacios clave del sistema internacional.
Una lógica similar opera en el hemisferio occidental. América Latina ha sido históricamente concebida por Estados Unidos como un entorno estratégico cuya estabilidad resulta fundamental para su seguridad. Esta percepción no ha desaparecido, aunque se exprese de formas distintas. La relación con Venezuela, especialmente bajo el gobierno de Nicolás Maduro, se inscribe en esta continuidad. Más allá del discurso sobre democracia o derechos humanos, lo que subyace es el temor a una pérdida de control estratégico en una región considerada parte de la esfera de influencia estadounidense.
Las sanciones económicas, el aislamiento diplomático y la presión internacional no son anomalías dentro de este marco, sino herramientas habituales para gestionar el poder en un sistema internacional competitivo. Desde una perspectiva realista, estas medidas buscan limitar la autonomía estratégica de actores percibidos como problemáticos y, al mismo tiempo, disuadir la presencia de potencias externas que puedan alterar el equilibrio regional. América Latina, en este sentido, sigue siendo un espacio donde Estados Unidos intenta minimizar incertidumbres y reducir riesgos estructurales.
Destino · poder · seguridad
En este recorrido, el excepcionalismo estadounidense funciona como el hilo narrativo que da

coherencia a prácticas geopolíticas muy distintas en contextos diversos. Este supone la idea de que Estados Unidos es una nación única, moralmente distinta y con una misión especial que legitima su liderazgo y su intervención en el sistema internacional. Al presentarse como actor indispensable para la estabilidad global, Estados Unidos convierte su intervención en una necesidad sistémica más que en una elección política. Esta narrativa no elimina los conflictos ni las resistencias, pero permite encuadrarlos dentro de un relato de liderazgo inevitable. De manera similar a como el Manifest Destiny naturalizó la expansión continental, el excepcionalismo naturaliza hoy la proyección global de poder.Estas ideas están profundamente integradas en la conciencia estadounidense porque se transmiten como relatos fundacionales, no como teorías debatibles. El Manifest Destiny y el excepcionalismo aparecen desde la educación escolar, los discursos políticos y la historia nacional como explicaciones “naturales” del papel de Estados Unidos en el mundo. Se interiorizan como sentido común: la expansión primero y el liderazgo global después no se presentan como elecciones políticas, sino como responsabilidades inevitables. Al repetirse durante generaciones, estas narrativas dejan de percibirse como ideología y pasan a formar parte de la identidad nacional, influyendo en cómo la sociedad estadounidense entiende su seguridad, su poder y su relación con otros países.
Visto así, la política exterior estadounidense no es una sucesión de episodios inconexos, sino una historia continua de adaptación estratégica. El Manifest Destiny permitió asegurar el continente; el excepcionalismo permite gestionar el sistema internacional. Ambos responden a una misma lógica estructural: en un entorno anárquico, la seguridad no se garantiza mediante la contención voluntaria, sino mediante la acumulación de poder y la prevención de amenazas futuras. Estados Unidos, como actor central del orden internacional contemporáneo, sigue actuando conforme a esta premisa, manteniéndose, no por azar, sino por diseño, como protagonista persistente de la política global. Los caballos se sustituyeron por tanques, los rifles por misiles.







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