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La nueva Guerra Fría entre Estados Unidos y China: la pugna por hegemonía global

  • Foto del escritor: Sergio Cueto Galipienso
    Sergio Cueto Galipienso
  • 30 oct 2025
  • 7 Min. de lectura

29 de octubre 2025

Artículo Escrito por Sergio Cueto

Durante las últimas dos décadas, hemos sido testigos de cómo la hegemonía mundial que poseía EEUU desde 1991 se ha ido deteriorando hasta llegar a la competencia estratégica que tienen Estados Unidos y China en la actualidad. Aunque algunos analistas difieren en el uso del término, muchos expertos opinan que estamos ante una “nueva Guerra Fría”, una confrontación que no replica exactamente la de Washington y Moscú durante el siglo XX, pero que comparte con ella la lógica de una lucha prolongada por la supremacía global.


A diferencia de la Unión Soviética, China se ha convertido en un adversario mucho más complejo para Estados Unidos. Como advierte Robin Niblett en La nueva guerra fría, el pulso actual no se libra solo con misiles y bloques ideológicos, sino con chips, datos y cadenas de suministro.


Durante la Guerra Fría, Washington podía establecer un límite ficticio con el enemigo tras el Telón de Acero. Hoy, la interdependencia económica hace que cualquier intento de “contener” a Pekín resulte costoso y potencialmente autodestructivo. China se ha convertido en el principal socio comercial de más de 120 países en la última década y media y está entrelazada con los mercados, las fábricas y la tecnología del propio Occidente. Lo que hace que romper ese vínculo no sea tan simple como cortar una línea de hierro en Berlín.


Además, este nuevo orden mundial se caracteriza por la globalidad en todos los aspectos. La Unión Soviética tenía su órbita ideológica, pero China ha extendido su influencia a Asia, África, América Latina e incluso Europa a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta de la Seda, atrayendo a Estados que difieren completamente con los principios ideológicos o ideales políticos chinos. No ofrece una ideología cerrada, sino una fórmula pragmática de desarrollo autoritario y cooperación sin condiciones políticas, que atrae a muchos gobiernos del Sur global lo que ha provocado que se distancien aún más de Occidente.


Su poder tecnológico es otro factor decisivo. Pekín disputa el liderazgo en inteligencia artificial, telecomunicaciones y energías limpias. Mientras la URSS nunca logró igualar la productividad occidental, China desafía a Estados Unidos en los sectores que definirán el siglo XXI. La batalla por los semiconductores y la inteligencia artificial sustituye hoy a la carrera espacial como símbolo del liderazgo global.


También ha aprendido a jugar dentro del sistema creado por Occidente. La República Popular no lo rechaza, sino que lo moldea: participa en la ONU y el FMI, pero impulsa sus propias instituciones —el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, el Nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS o el sistema de pagos CIPS— para reducir su dependencia del dólar

y construir su orden mundial dinamitando desde dentro el sistema Bretton Woods ofreciendo su alternativa.


Ideológicamente, el enfrentamiento es más difuso. No se trata del capitalismo contra el comunismo, sino de dos modelos de poder y legitimidad: una democracia liberal fatigada frente a un autoritarismo tecnocrático que ofrece resultados visiblemente mejores. En este terreno, China no necesita convertir a nadie, solo convencer de que su sistema funciona, cosa que, como se ha mencionado anteriormente, ha funcionado con los países del Sur Global.


Todo esto hace que la rivalidad sea más difícil de gestionar. No hay un bloque oriental claramente delimitado ni un muro que contenga la tensión. El desacoplamiento económico es inviable, y los riesgos de una escalada accidental —en Taiwán, en el mar de China Meridional o en el ciberespacio— son mayores.



Centrándonos en los Estados Unidos, este Estado sigue siendo la potencia central del bloque occidental, pero su posición a nivel global ha dejado de ser indiscutible como lo era a finales del siglo pasado tras la Guerra Fría. Aunque sigue manteniendo su liderazgo militar y en algunos aspectos el tecnológico, el país enfrenta en la actualidad una erosión interna, caracterizada por la gran polarización política que se vive en el país como en el resto de Occidente y por un entorno internacional mucho más fragmentado caracterizado por su multipolaridad. Sus aliados europeos y asiáticos, por su parte, se encuentran en la encrucijada entre la dependencia de Washington (sobre todo en cuanto a defensa y seguridad se refiere) y la necesidad de adaptarse a un mundo multipolar cuyas partes se alejan cada vez más de la esfera de influencia estadounidense.


La debilidad política que viene arrastrando Occidente los últimos años, protagonizada por la polarización, ha provocado en Washington la limitación de su capacidad para sostener una estrategia coherente a largo plazo. Cada administración redefine su política hacia China y Rusia, lo que proyecta una incertidumbre e inestabilidad global que no ha sido de buen agrado para los aliados de EE. UU. Las tensiones internas sobre el gasto militar, la inmigración o la política industrial debilitan el mensaje de unidad. Niblett y otros analistas advierten que, sin consenso interno, el liderazgo global de EE. UU. se vuelve frágil e inseguro.


En el terreno económico, la potencia yankee conserva ventajas estructurales —innovación, mercado financiero, energía—, pero enfrenta el desafío del proteccionismo y la desindustrialización. Las políticas para repatriar cadenas de suministro y reducir la dependencia china chocan con el interés de sus propias empresas, que aún dependen de la manufactura asiática. Hecho que ha provocado un vuelco en cuanto a industrialización verde se refiere, pasando a un segundo o tercer plano en las prioridades industriales y económicas en general, al no ser capaces de competir con la maquinaria china.


Europa, mientras tanto, se mueve con lentitud estratégica mientras su poder e influencia a nivel global se va deteriorando cada vez más, hasta el punto de enfrentarse a la elección de si unirse bajo la bandera de la Unión Europea y tratar de competir con los gigantes asiáticos (India y China) y americano o ir por separado y perder toda influencia e importancia internacional restante.


La guerra en Ucrania ha reavivado la relación transatlántica, pero también ha subrayado su dependencia milit

ar de Estados Unidos. La Unión Europea ha bautizado la nueva legislatura como la legislatura de la “autonomía estratégica”, aunque sus economías siguen atadas tanto a la seguridad estadounidense como al comercio con China. Alemania, por ejemplo, mira a su industria, Francia a su diplomacia y soft power (sobre todo en sus antiguas colonias africanas) y Europa del Este a su supervivencia por el miedo a una invasión rusa. Provocando que la unidad de los Estados europeos sea reactiva y no planificada.


En Asia, el panorama es ambiguo. Japón, Corea del Sur y Australia refuerzan sus lazos con Washington, consciente del ascenso militar de Pekín. Sin embargo, la mayoría de los países del Sudeste Asiático intentan mantener el equilibrio: cooperan con EE. UU. en seguridad, pero dependen de China para su crecimiento económico. Esta “ambigüedad estructural” limita la eficacia del cerco diplomático estadounidense.


El poder militar de EE. UU. sigue siendo inmenso, pero la disuasión ya no basta. El Pentágono debe cubrir demasiados frentes —Europa, Indo-Pacífico, Medio Oriente— y el margen logístico se estrecha. Además, la supremacía tecnológica ya no es monopolio occidental. China y Rusia avanzan en capacidades hipersónicas, cibernéticas y espaciales.


A pesar de todo, Washington conserva un recurso clave: su red de alianzas. La OTAN se ha revitalizado, la alianza AUKUS introduce una cooperación tecnológica sin precedentes, y el G7 vuelve a actuar como foro político frente a las potencias revisionistas. Sin embargo, esteMfrente no es monolítico: cada aliado tiene su agenda nacional, y mantener la cohesión requerirá más diplomacia que imposición.


El mundo occidental no está derrotado, pero tampoco es invulnerable. En esta nueva guerra fría, la fuerza ya no se mide solo por tanques o PIB, sino por resiliencia política, cohesión social y capacidad para inspirar. Y ahí, el bloque liderado por Washington tiene tanto que defender como reinventar.


También es importante analizar cómo, cuándo y dónde y en qué campos se van a dar los enfrentamientos entre las dos superpotencias: la influencia militar en la región Asia-Pacífico, en materia de seguridad regional tanto en la zona de Taiwan como en el Mar de la China Meridional. En especial la zona del estrecho de Taiwán, que es el foco más sensible. Pekín lo considera una provincia rebelde desde 1949 y no descarta acciones coercitivas, habiendo llevado a cabo ejercicios militares tanto por mar como por aire en las inmediaciones de la isla, mientras Washington mantiene compromisos de defensa indirectos y el envío de apoyo militar limitado. Cualquier incidente podría hacer escalar rápidamente hacia un conflicto de magnitudes cercanas a una nueva guerra mundial.


En el apartado económico y tecnológico, la pugna por los semiconductores, la inteligencia artificial y las telecomunicaciones 5G/6G simboliza la disputa por el liderazgo del siglo XXI. Mientras que iniciativas chinas como La Franja y la Ruta, la AIIB y el Nuevo Banco de Desarrollo buscan consolidar la influencia de Pekín y ofrecer alternativas al sistema dominado por Washington. China ya ha conseguido ser el mayor socio comercial de la mayor parte de los países en el mundo, siendo la fábrica global e invirtiendo grandes cantidades de dinero en muchos países, sobre todo en África y América del Sur, para aumentar su dependencia e influencia y alejarlos de la esfera de influencia estadounidense.


Otro aspecto destacable, es en lo que a nuevas formas de guerra se refiere, como lo son los ataques cibernéticos, el espionaje industrial o el control de infraestructura crítica, que se han convertido en frentes donde la confrontación es constante, sin necesidad de despliegue militar directo. Por su parte, la supremacía en IA, energía renovable y comunicaciones definirá el poder económico y militar de la próxima década.


Además, en un futuro próximo, se anticipa que la rivalidad será multidimensional y prolongada. No se espera un enfrentamiento nuclear directo, pero sí presiones estratégicas sostenidas en múltiples frentes, ya que el orden mundial actual se caracteriza por una multipolaridad creciente donde los Países del Sudeste Asiático, África y América Latina seguirán jugando un papel clave en la influencia de ambos polos.


La nueva Guerra Fría no es un espejo de la del siglo XX. China es un rival mucho más complejo que la URSS por su integración global, flexibilidad estratégica y poder tecnológico. Estados Unidos y sus aliados e

nfrentan desafíos internos y externos que complican la articulación de una estrategia coherente. La contienda ya no se mide solo en tanques o armas nucleares: depende de la resiliencia política, la cohesión internacional y la capacidad de innovación. La duda está en si Occidente será capaz de reaccionar ante la creciente influencia china en el mundo de forma uniforme y efectiva para asegurarse de que su hegemonía a nivel global alargue su vida unos años más.


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