Agentes de Cambio: la importancia de la particpación juvenil

Artículo sobre sociedad escrito por Elena Azorín
Primero de todo gracias a Ayuda en Acción por hacernos partícipes de su iniciativa
Si lees nuestra descripción en redes sociales, verás tres palabras que son claves en nuestra filosofía, agente de cambio. Desde OpenYouth Lab animamos a los jóvenes a escribir, leer, imaginar, debatir, soñar, comunicar y pedir. Todo esto con la intención de que nuestras ideas y nuestra voz sean escuchadas; queremos que las instituciones, las autoridades, la sociedad y, en general, el mundo nos escuchen. Que nos tengan en cuenta para analizar los problemas que existen en la sociedad, para que vean nuestros problemas e intereses y la importancia que tienen; queremos proponer soluciones y ser parte de ellas. En resumidas cuentas, queremos PARTICIPAR.

La participación juvenil es un motor clave para conseguir cambios legislativos, tecnológicos y sociales. Gracias a los jóvenes, por poner el grito en el cielo y por movilizarse, la sociedad, las instituciones públicas y las entidades privadas han sido conscientes de los problemas que nos afectan, tanto a jóvenes como a adultos; han creado nuevas políticas públicas y proyectos que han generado avances en muchos aspectos y a varios niveles.
Tratar de enumerar cada movimiento, asociación o logro alcanzado por la juventud a nivel global, desde el eco de Fridays for Future y la campaña #FreePeriods en el Reino Unido, hasta el impulso de Nuestro Futuro en México o Somos por Naturaleza en Colombia, daría para un texto interminable. Pero nos gustaría destacar una:
Durante años, España arrastra una grave deuda con los derechos fundamentales de la infancia: los abusos y la violencia sufridos por menores en colegios, clubes deportivos o en el propio hogar prescribían antes de que las víctimas tuvieran la madurez o la fuerza psicológica para denunciar. Los menores estaban desamparados, sin figuras de protección en sus entornos cotidianos ni recursos para superar el trauma.
El cambio llegó desde abajo. Jóvenes activistas y los consejos de participación de la Plataforma de Infancia lideraron una ofensiva social y política: impulsaron campañas masivas, recogieron firmas y negociaron directamente en el Congreso de los Diputados. Su perseverancia transformó el marco legal con la aprobación de la Ley Orgánica 8/2021. Este logro histórico no solo retrasó el inicio de la prescripción de los delitos graves hasta que la víctima cumple 35 años (frente a los 18 anteriores), sino que también creó por ley el rol obligatorio del Coo
Con este ejemplo, queremos resaltar una certeza fundamental: la política no solo se hace en los parlamentos; se vive, se respira y se construye en las calles.
Lo estamos viendo hoy mismo en decenas de plazas de toda España, como en la Puerta del Sol, donde miles de personas se movilizan para exigir el derecho a una vivienda digna. Pero también se hace política en las comunidades, en las casas, en los centros educativos, en las asociaciones e incluso en los bares. En todos y cada uno de estos espacios, la juventud está presente, activa y con una voz clara que exige ser escuchada.
Todo esto es lo que se trató el sábado 3 de octubre en la Feria de Propuestas organizada por Acción por el Futuro. Fue el broche final de una iniciativa formada por varias sesiones en las que varios jóvenes reflexionamos sobre la situación de la participación juvenil actualmente. En primer lugar, se realizó un “diagnóstico participativo de la situación del activismo, participación y voluntariado en la juventud”; a partir de ahí, se crearon propuestas para solucionar los problemas que se identificaron y aprovechar las oportunidades; y culminó con la presentación de estas ideas colectivas. El gran objetivo de este encuentro fue aterrizar y materializar ideas abstractas en proyectos concretos, medidas legislativas y planes de acción viables, listos para sumar el apoyo tanto de las autoridades públicas como de entidades privadas.
Una frase que describe a la perfección la situación del activismo es que “hay cosas que le faltan a la juventud”. Esta es una realidad compleja, ya que a veces faltan canales institucionales para hacernos unir (falta de herramientas, recursos y oportunidades); pero otras veces falta el interés o la concienciación dentro de nuestra propia generación.
Durante el encuentro, pusimos sobre la mesa nuestras necesidades reales y los problemas estructurales que nos frenan día a día. Lejos de quedarnos en la queja, el debate colectivo dio sus frutos y logramos construir una inmensa cantidad de propuestas e ideas. Detallar cada una de ellas daría lugar a un texto interminable; sin embargo, el hecho de resumirlas para este formato no pretende, bajo ningún concepto, restarles importancia, reducir la gravedad de nuestras necesidades o simplificar la complejidad de los problemas que nos afectan. Cada propuesta cuenta.
Entre las principales dificultades destacan las barreras institucionales y de acceso. Constituir una asociación, promover proyectos, organizar eventos o difundirlos resulta sumamente costoso debido a la excesiva burocracia, la complejidad de los trámites administrativos y las trabas para acceder a espacios públicos. A esto se suma la falta crónica de recursos económicos, logísticos, asesoramiento e información accesible.
Este obstáculo estructural conecta directamente con los condicionantes personales y logísticos que limitan de manera individual la implicación de la juventud. Son múltiples las variables que entran en juego. En primer lugar, la gestión del tiempo y la conciliación, ya que compaginamos los estudios y el empleo con las responsabilidades del hogar, tareas de cuidados y el ocio personal. En segundo lugar, la falta de información y el alcance limitado de determinados programas. En tercer lugar, influyen la accesibilidad universal y la localización geográfica: la centralización de la oferta en las capitales y grandes urbes margina sistemáticamente a la juventud del medio rural. Por último, emerge el factor más determinante y transversal: el económico. No todos los jóvenes disponen de los recursos para desplazarse a eventos externos, costear formaciones no gratuitas, reducir su jornada laboral para asistir a encuentros o arriesgar su rendimiento académico cuando dependen estrictamente de una beca de estudios.

En tercer lugar, emergen la desvalorización y la exclusión. Con frecuencia, la falta de experiencia se utiliza como pretexto por parte de adultos, instituciones y empresas para restar credibilidad a las voces juveniles. Se ignora que nuestra perspectiva y vitalidad aportan un análisis disruptivo de los problemas, enriqueciéndolos con enfoques frescos que conducen a soluciones innovadoras y transformadoras. Además, existen problemáticas que impactan de manera intrínseca a la juventud, como el sistema educativo, la inserción laboral o las dificultades para la emancipación; lo que hace indispensable escuchar y materializar las propuestas de quienes sufrimos estas realidades en primera persona. Diseñar soluciones sin contar con sus protagonistas es inviable.
Esta exclusión sistemática alimenta directamente la desafección y el desinterés. Comprobar que el esfuerzo, la implicación y la participación no se traducen en cambios reales ni en logros tangibles genera una profunda desmotivación. Como consecuencia, cada vez más jóvenes se distancian de los canales de participación tradicionales bajo una premisa desalentadora: «¿Para qué voy a implicarme, si nadie me va a escuchar o lo que diga no servirá de nada?».
Para mitigar estas barreras e incentivar una participación juvenil real, las instituciones públicas, las empresas y las grandes organizaciones deben asumir su responsabilidad: es urgente reducir la burocracia, simplificar los trámites y democratizar el acceso a infraestructuras locales como ateneos, asambleas y espacios de reunión comunitaria. No basta con ceder el espacio; es imprescindible dotar a los jóvenes de recursos, formaciones operativas y un asesoramiento continuo que tutele sus ideas sin tutelar su autonomía.
Sin embargo, la efectividad de estas medidas depende de un requisito previo: una escucha activa y constante. Todos los agentes sociales deben empatizar con las realidades de la juventud, comprender sus inquietudes y erradicar cualquier atisbo de menosprecio hacia sus capacidades. Esto exige consolidar canales de comunicación estrictamente bidireccionales: de jóvenes a jóvenes, y de jóvenes a instituciones, que se materialicen tanto en encuentros presenciales como en entornos virtuales, plataformas digitales y redes de información continua.
Más allá de estos marcos estructurales, la transformación también se nutre del impacto individual. La participación activa está al alcance de cualquiera: pasa por integrarse en el tejido asociativo local, comprometerse con proyectos de barrio, tejer redes de apoyo mutuo o, sencillamente, combatir la desinformación acudiendo a fuentes fiables para comprender críticamente nuestro entorno. Solo mediante este engranaje colectivo lograremos dar respuesta a nuestras demandas.
Precisamente para facilitar este camino nace OpenYouth Lab, concebido no solo como un espacio físico, sino como una red de conexión. Queremos que Open funcione como un espacio de diálogo horizontal y un altavoz para las demandas de nuestra generación. Nuestro propósito firme es derribar las barreras existentes: queremos eliminar los obstáculos económicos y geográficos para garantizar que cualquier joven pueda participar activamente, independientemente del lugar donde viva, su situación socioeconómica o cualquier otro factor limitante. OpenYouth Lab aspira a ser esa fuente de información centralizada donde descubrir oportunidades reales, compartir experiencias formativas, acceder a voluntariados y conectar con proyectos con propósito.
Para empezar a materializar esta red de apoyo, queremos lanzar una pregunta directa a toda la comunidad: ¿Creéis que sería útil crear un boletín semanal donde recopilemos de forma accesible todas estas oportunidades, becas, voluntariados y eventos?




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