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Los jóvenes no solo deben votar: también deben tener voz en la política

David Izquierdo
hace 16 horas
3 min de lectura

Artículo de sociedad escrito por David Izquierdo



Durante demasiado tiempo, la juventud ha sido tratada como un colectivo al que hay que convencer cada cuatro años, pero al que pocas veces se concede el protagonismo que merece. Se habla de los problemas de los jóvenes, se hacen promesas sobre su futuro y se diseñan políticas que afectan directamente a sus vidas. Sin embargo, la pregunta es inevitable: ¿cuántos jóvenes participan realmente en las decisiones que marcarán su porvenir?


Votar es uno de los instrumentos más importantes de una democracia. Cada papeleta cuenta, cada opinión tiene valor y cada generación debe poder decidir qué modelo de sociedad quiere construir. Por eso, la participación juvenil no debería entenderse como una opción secundaria, sino como una parte fundamental de la vida democrática.


Y no, no importa si un joven se siente de izquierdas, de derechas o de centro. Tampoco importa si sus ideas coinciden con las de sus padres, sus amigos o su entorno. Lo verdaderamente importante es que tenga la libertad de formarse una opinión propia y la oportunidad de defenderla en las urnas.


Una democracia sana no necesita jóvenes que piensen todos igual. Necesita jóvenes que piensen, que debatan, que cuestionen y que participen. La pluralidad política no es un problema que deba corregirse, sino una realidad que debe representarse.


Pero votar no es suficiente. También es necesario que los jóvenes estén presentes en los partidos políticos, en los ayuntamientos, en los parlamentos y en las instituciones. No basta con que los políticos hablen de la juventud: los jóvenes deben tener la posibilidad de convertirse en esos políticos.


La vivienda, el empleo, la educación, la salud mental, la fiscalidad y las oportunidades para emanciparse son cuestiones que condicionan especialmente a las nuevas generaciones. ¿Tiene sentido que quienes sufren directamente estas dificultades apenas tengan representación en los espacios donde se toman las decisiones? ¿Podemos hablar de una política verdaderamente representativa si una parte de la sociedad apenas encuentra referentes de su edad entre quienes la dirigen?


Esto no significa que la experiencia deba quedar relegada ni que la edad determine la capacidad de una persona para gobernar. Significa, sencillamente, que la experiencia y la renovación pueden convivir. Que un joven puede aportar nuevas perspectivas sin despreciar lo aprendido por quienes llevan décadas en política.


Además, los partidos deben asumir su parte de responsabilidad. No pueden reclamar el voto juvenil durante las campañas y relegar después a sus representantes más jóvenes a un papel meramente decorativo. Si quieren conectar con las nuevas generaciones, deben ofrecerles espacios reales de participación, responsabilidades y posibilidades de influir en sus decisiones.


La juventud tampoco puede limitarse a señalar los defectos de la política desde la distancia. Es legítimo desconfiar, criticar e incluso sentirse decepcionado, pero abandonar la participación significa dejar que otros decidan en nuestro nombre. La abstención no siempre es una protesta que los partidos sepan interpretar; a menudo, simplemente reduce el peso de quienes deciden no acudir a las urnas.


Por eso, el reto no consiste en convencer a todos los jóvenes de que voten a una determinada formación. Consiste en conseguir que comprendan que su voto tiene valor, que sus ideas merecen representación y que la política no debería ser un espacio reservado a quienes llevan toda la vida dentro.


Porque los jóvenes no son únicamente el futuro de la sociedad. Son también su presente. Y una generación que no participa en las decisiones de hoy corre el riesgo de tener que asumir mañana las consecuencias de decisiones que otros tomaron por ella.


La democracia será más representativa cuando un joven pueda defender sus ideas, sean las que sean, sin sentir que la política es un mundo ajeno. Cuando votar deje de ser una obligación que algunos contemplan con indiferencia y se convierta en una decisión consciente. Y cuando las instituciones entiendan que representar a la ciudadanía también significa abrir las puertas a las nuevas generaciones.


No se trata de que los jóvenes voten a la izquierda, a la derecha o al centro. Se trata de que puedan votar libremente, defender sus ideas y tener la oportunidad de llevarlas hasta donde se toman las decisiones.


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