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LA FALACIA DE LA IGUALDAD BASADA EN LA MERITOCRACIA: EL GÉNEROCOMO BARRERA ESTRUCTURAL

Marina Chiscano
hace 18 horas
6 min de lectura

Artículo de sociedad escrito por Marina Chiscano




Vivimos en una era gobernada por el mantra de la meritocracia y la idea de que el éxito es una elección.


Los sectores liberales, impulsores de la cultura del esfuerzo y del self-help defienden que nuestro destino depende de la actitud, la resiliencia y el desarrollo personal con el objetivo de convencernos de que los únicos causantes de nuestras limitaciones somos nosotros mismos, ignorando barreras estructurales como las diferentes realidades sociales, raza o género.


Cuando se trata de desigualdad de género, los sectores más radicales buscan negar esta brecha afirmando que las mujeres siempre han tenido, en esencia, las mismas oportunidades para destacar. Para justificar esta narrativa, recurren a una manipulación del revisionismo histórico, seleccionando solo las partes que les interesan, ignorando el contexto histórico de los datos o distorsionando episodios de la historia.


La trampa del revisionismo: del dato aislado a la distorsión histórica


El más recurrente de estos datos descontextualizados es la mención a las grandes monarcas de la historia, como Isabel la Católica o Isabel I de Inglaterra. El argumento es reduccionista: si hubo mujeres que gobernaron los imperios más grandes de su época es porque el acceso al poder nunca estuvo vetado al talento femenino.


Sin embargo, afirmar esto es ignorar que estas figuras alcanzaron el poder únicamente por legitimidad dinástica, y no porque se les diera la oportunidad de mostrar su valía en un marco igualitario. Además, el acceso a la corona de una mujer era una excepción que convivía con la realidad del resto de mujeres de la época, cuya existencia estaba sometida a la tutela del padre o del marido.


También se hace referencia a la historia laboral, mencionando la incorporación masiva de las mujeres al trabajo en fábricas durante la Primera y Segunda Guerra Mundial. En este caso, el relato disfraza la necesidad bélica como emancipación.


Las mujeres no ocuparon estos puestos de trabajo porque se reconociera su capacidad, sino por la falta de mano de obra masculina que se encontraba en ese momento en el frente. Prueba de ello es que tan pronto como cesaron los conflictos, los estados impulsaron campañas con el objetivo de devolver a las mujeres a la esfera privada y reservar el trabajo formal para los soldados que regresaban.


En el contexto de España, hay una extendida confusión sobre quién impulsó realmente el sufragio femenino durante la Segunda República. Aunque Clara Campoamor, la principal promotora y defensora de esta medida, pertenecía al Partido Republicano Radical (de corte centroderechista), lo hizo sin el apoyo del resto del partido, que, junto a la izquierda, consideraba que esto solo beneficiaría a la derecha y al sector eclesiástico. Campoamor sostuvo que la emancipación política de la mujer representaba un principio democrático irrenunciable que debía anteponerse a intereses políticos.


Asimismo, pretenden atribuir el voto a favor de la derecha a esta propuesta a una convicción democrática y feminista, no obstante, esta decisión de los partidos de derecha se reduce a una estrategia política para ganar votos de las mujeres que sabían que estaban influenciadas por sus maridos y por la Iglesia.


Dentro de la Historia de España, otro de los relatos revisionistas se centra en demostrar la integración de las mujeres en la sociedad con la creación de la Sección femenina de Falange o con la reforma del Código Civil de 1958, impulsada por la jurista Mercedes Formica, como supuestas pruebas de un régimen aperturista y protector de la mujer. Sin embargo, esta interpretación manipula la realidad al confundir el adoctrinamiento y las medidas de urgencia con un progreso real en derechos.


La función de la Sección Femenina de Falange nunca fue el desarrollo profesional, sino adoctrinar a las mujeres para su subordinación al cuidado del hogar, y la maternidad como único propósito biológico y social.


Por otro lado, la iniciativa de Mercedes Formica para reformar el código civil constituye una medida de urgencia para mitigar el desastre jurídico que la propia dictadura había provocado al derogar los derechos civiles conseguidos en la Segunda República y reinstaurar la licencia marital, la cual anulaba la capacidad legal de la mujer sin la autorización del marido.


El espejismo del presente: cuando la igualdad legal se vende como igualdad real


Quienes defienden fervientemente el discurso de la meritocracia sostienen que, dado que las leyes de hoy garantizan la igualdad formal, se han equilibrado las condiciones de partida. Asumen así, que el sistema es un juez neutral que premia únicamente el talento y el esfuerzo individual; un mundo ideal donde “el que quiere, puede”.


Sin embargo, este planteamiento ignora un factor fundamental: una ley escrita en el presente no borra automáticamente la desigualdad acumulada que determina quien cuenta con ventaja.


La falacia de la “línea de salida igualitaria”

Asegurar que la creación de leyes que garantizan la igualdad entre hombres y mujeres elimina por completo la disparidad entre ambos supondría ignorar siglos de historia donde las mujeres han sido relegadas a un segundo plano en todos los ámbitos de la vida. Esta es la confusión entre igualdad y equidad.



La igualdad formal se limita a darle a todo el mundo exactamente el mismo trato o la misma ayuda (darle a cada espectador una caja de la misma altura para ver el partido). En la teoría, el gesto parece justo e imparcial, sin embargo, cuando las condiciones físicas, sociales o históricas de partida de los diferentes grupos sociales son profundamente desiguales, aplicar una norma idéntica para todos no genera justicia, sino que supone ignorar que no todos partimos del mismo punto y por ende perpetúa el privilegio de quien ya era lo suficientemente alto como para ver por encima de la valla sin necesidad de ayuda.


La equidad, al contrario de lo que se suele pensar, no busca premiar el menor esfuerzo, sino ajustar las condiciones de apoyo para que la oportunidad real de competir y de destacar (la línea de visión) sea la misma.


La ilusión de la no prohibición


Sostener que no han existido leyes que les prohíban a las mujeres autodeterminarse, supondría pasar por alto condiciones no legales que se han dado bajo el orden patriarcal a lo largo de los siglos que les han hecho inalcanzable el acceso a las mismas oportunidades que a los hombres. Es decir, que la ley no lo prohíba no significa que sea accesible.


Históricamente no hizo falta crear una ley que impidiera a las mujeres producir ciencia, filosofía o arte, sino que bastaba con privarlas de las herramientas y condiciones básicas para hacerlo. Como planteó Virginia Woolf, cualquier creación intelectual requiere de un “cuarto propio”, que representa tener independencia económica, tiempo libre y no tener la carga de tareas domésticas obligatorias. Sin esas condiciones es mucho más difícil que el talento llegue a florecer, no por una falta de capacidad innata, sino por asfixia social.


A esto se sumaban, además, unas academias e instituciones artísticas formadas exclusivamente por hombres, quienes determinaban lo que debía considerarse “arte universal” mientras desvalorizaban sistemáticamente la creación de las mujeres.


En la actualidad ocurre lo mismo. Aunque no existe ninguna norma jurídica que prohíba a una mujer acceder a la investigación científica, a la alta dirección empresarial o a la vida política, existen barreras sociales como el “suelo pegajoso”, que les impide con frecuencia alcanzar sus objetivos.


Este fenómeno describe la situación en la que se siguen encontrando la mayoría de las mujeres en la actualidad, quienes acaban asumiendo la carga de las tareas del hogar y otros trabajos no remunerados como el cuidado de los hijos en mayor medida que sus pares masculinos, viéndose eventualmente obligadas a renunciar a puestos que suponen una mayor carga de trabajo.


Esta inercia doméstica es, en definitiva, la causa del denominado “techo de cristal”: esa frontera invisible que dificulta todavía que las mujeres lleguen a puestos de liderazgo o máxima responsabilidad.


El Efecto Matilda


Lamentablemente, incluso cuando una mujer lograba sortear las barreras sociales, las restricciones materiales y los estándares que las excluían, existía todavía un último filtro, un fenómeno que despojaba a las mujeres de la autoría de su propia creación.


Este fenómeno, bautizado por la historiadora Margaret W. Rossiter como el “Efecto Matilda”, describe el proceso histórico por el cual las aportaciones y descubrimientos femeninos en la ciencia, el arte o la filosofía han sido ninguneados o atribuidos sistemáticamente a sus homólogos masculinos.


Un ejemplo destacado es el de Rosalind Franklin quien fue la responsable de la obtención de la "Fotografía 51", una imagen de difracción de rayos X fundamental para determinar la estructura del ADN. Sus compañeros de laboratorio mostraron sus datos sin su conocimiento a James Watson y Francis Crick. Ellos publicaron el hallazgo y ganaron el Premio Nobel en 1962, mientras que el papel decisivo de Franklin no sería reconocido hasta años después.


¿Es el esfuerzo la garantía del éxito?


La meritocracia actual se desmorona en el momento en que observamos que el esfuerzo no compite en igualdad de condiciones, sino sobre una red de privilegios y desventajas heredadas. No se trata solo de género, este se cruza de forma inevitable con la clase social y la raza.


Un hombre de clase baja o una mujer racializada en un barrio periférico no compiten en igualdad de condiciones con quien nace en una familia con un alto patrimonio económico y social, por mucho que la ley les otorgue los mismos derechos sobre el papel.


Entender esta realidad no invalida el esfuerzo y valía individuales, sino que exige dejar de disfrazar la desigualdad estructural como mero fracaso personal.

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