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¿Hasta dónde llega una alianza? El caso de Corea del Sur ante la guerra con Irán

Ruth Cuesta Sagarra
hace 1 día
7 min de lectura

Artículo escrito por Ruth Cuesta Sagarra


Desde que Trump inició las operaciones militares estadounidenses contra Irán a finales de febrero de este año, el presidente de los Estados Unidos ha insistido a sus aliados para que contribuyan en las operaciones conectadas con el conflicto en Oriente Medio. El principal objetivo de Washington es la reapertura del estrecho de Ormuz y la consiguiente restauración del libre movimiento. Sus demandas han puesto a los aliados en una encrucijada entre la alianza con Estados Unidos y los propios intereses, la seguridad y la soberanía.  


Corea del Sur se encuentra en una situación especialmente delicada. Se convirtió en aliado de Estados Unidos durante la Guerra de Corea (1950-1953), cuando la potencia norteamericana dirigió una coalición de las Naciones Unidas que defendió al país asiático tras la invasión norcoreana en 1950. La alianza quedó institucionalizada en octubre de 1953, con la firma del Tratado de Defensa Mutua en Washington D.C. Sobre la base de este acuerdo, Estados Unidos mantiene hoy en día la presencia de alrededor de 28.500 militares en suelo surcoreano.  


Estados Unidos es un pilar esencial de la defensa surcoreana frente a una Corea del Norte cada vez más militarizada, especialmente mientras Pyongyang continúa desarrollando sus capacidades nucleares. La presencia militar estadounidense y la cooperación en inteligencia, defensa y entrenamiento suponen una garantía de seguridad de la cual Seúl difícilmente puede prescindir. Por eso, en cierta manera, resulta lógico que Washington espere reciprocidad de un aliado al que proporciona tal nivel de protección. De hecho, Corea del Sur ya ha contribuido militarmente en conflictos anteriores, como la guerra de Irak, en la que tuvo una participación militar importante.


Sin embargo, la situación actual presenta un problema diferente. Ahora, Corea del Sur, gobernada por Lee Jae-myung, no quiere convertirse en parte directa del conflicto entre Estados Unidos e Irán. Teherán, por su parte, ha advertido a los aliados de Washington, que enviar tropas se interpretaría como una participación directa en una guerra ilegal, y que ese acto tendría consecuencias.


Así, Seúl se enfrenta a tres dilemas: mantener la alianza y la cooperación con Estados Unidos, evitar verse arrastrada a una guerra con Irán y proteger a sus ciudadanos, sus buques y sus intereses energéticos en Oriente Medio.


En el entorno internacional, hemos visto cómo en los últimos meses varios aliados europeos y asiáticos de los Estados Unidos han condenado los ataques de Irán y han expresado su preocupación por la interrupción de la navegación en Ormuz. Aun así, pese a la presión estadounidense, descartan arriesgar la seguridad de sus ciudadanos mientras continúen las hostilidades entre Washington y Teherán.


En el caso de Corea del Sur, el dilema se complica todavía más por la situación en la península coreana, la cual no ha mejorado en los últimos años. Durante agosto y septiembre, Pyongyang ha aumentado los lanzamientos de misiles al mar y ha continuado denunciando los ejercicios militares conjuntos de Corea del Sur y Estados Unidos. Recientemente, representantes norcoreanos han declarado que ejercicios como el Ulchi Freedom Shield o el Freedom Edge (en el cual también participa Japón) siguen representando una amenaza directa y una muestra de las políticas hostiles de los Estados Unidos (pese a los esfuerzos de Trump por promover el diálogo). 


Todo esto supone un problema para Lee. El presidente surcoreano ha expresado a lo largo de su mandato que pretende reducir las tensiones con Pyongyang. Sin embargo, Corea del Norte sigue mejorando sus capacidades militares y nucleares, de manera que Seúl continúa necesitando la capacidad disuasiva de su alianza con Washington. A la vez, la conducta errática y las decisiones de la Administración Trump generan nuevas incertidumbres: ¿hasta qué punto puede Lee confiar en Trump? 


Una alianza cada vez más complicada 


En los últimos meses, la presión de Washington se ha intensificado. El 16 de agosto, Trump pilló por sorpresa al gobierno surcoreano al ordenar al Pentágono que redujera los ejercicios militares conjuntos anuales del Ulchi Freedom Shield, un día antes de su comienzo.


En su publicación en Truth Social, el presidente estadounidense se justificó haciendo referencia a la “buena relación” que tiene con el líder norcoreano Kim Jong-un y a la inactividad militar de Corea del Sur en Irán. La reducción de estos ejercicios no era completamente nueva: Trump ya había planteado esa posibilidad durante su primer mandato. No obstante, la manera y el momento en el que ha llegado esta decisión dejan a Seúl en una situación especialmente sensible, y pueden dar pie a cuestionar qué significa exactamente la reciprocidad dentro de una alianza.


El problema para Seúl no es meramente militar. Con Estados Unidos ha reducido unilateralmente un mecanismo tradicional de cooperación y, al mismo tiempo, exige una colaboración directa en Oriente Medio. Seúl debe, por tanto, formular su política exterior hacia Corea del Norte sin crear un policy gap con Estados Unidos, de cuyo apoyo depende para disuadir a Pyongyang.


Una tercera vía para Corea del Sur 


El 18 de septiembre, Lee estableció una línea clara: no habrá despliegue que implique entrar en un conflicto o participar en la guerra. Al mismo tiempo, defiende la necesidad de proteger a los ciudadanos surcoreanos y las rutas de transporte de petróleo. 


¿Qué significa esto? Seúl cooperará, pero no lo hará necesariamente en los términos militares que se exigen desde Washington. Con esta decisión, Corea del Sur no está escogiendo entre participar o no participar, ni está rechazando por completo las demandas estadounidenses, sino que está intentando construir una tercera vía que le permita contribuir a la seguridad de Ormuz sin convertirse en parte de la guerra. De esta manera, Lee puede encontrar un tipo de contribución que esté dispuesto a realizar. 


La Constitución surcoreana también es un elemento importante a tener en cuenta en este debate. El texto establece que la República de Corea renuncia explícitamente a las guerras de agresión y que la Asamblea Nacional tiene derecho a dar o no su consentimiento a la declaración de guerra y al envío de fuerzas armadas a estados extranjeros. Esto es especialmente relevante para el caso de Ormuz: obliga al gobierno surcoreano a distinguir claramente entre operaciones militares nuevas y la ampliación de misiones existentes, y entre una misión destinada a ser parte de las hostilidades y una operación basada en la protección de los ciudadanos y buques surcoreanos. 


Corea del Sur ya tiene una unidad de su marina situada en el entorno de la península arábiga: la unidad Cheonghae. Desplegada desde hace años en la zona del golfo de Adén para operaciones antipiratería, la unidad naval fue creada para garantizar la protección de la navegación y los buques surcoreanos en las aguas frente a Somalia. Ampliar su ámbito hasta Ormuz requeriría una decisión gubernamental y la aprobación de la Asamblea Nacional, pero proporcionaría a Seúl una opción intermedia en la que podría dar apoyo a Washington, sin necesidad de empezar desde cero una nueva fuerza naval ni participar directamente en una misión de combate contra Irán.  


Más allá de la guerra 


Los intereses de Corea del Sur en Irán no se limitan a la relación del país con Estados Unidos: este mantiene una fuerte exposición a las rutas energéticas de Oriente Medio.” Según Reuters, en 2025 aproximadamente el 61 % del crudo importado por Corea del Sur y el 54 % de las importaciones de nafta provenían de Oriente Medio. El cierre o la interrupción prolongada del estrecho de Ormuz tendría, por tanto, consecuencias directas para la economía surcoreana. 


Se sumaría, además, a la crisis económica que atraviesa el país asiático, cuya economía se ve gravemente afectada por la inflación y los riesgos energéticos, mientras su moneda ha alcanzado niveles mínimos. Así, Seúl tiene un interés nacional directo en la seguridad de Ormuz que va más allá de la dimensión diplomática, aunque eso no significa que quiera participar. 


Lee también debe tener en cuenta la política interna y la opinión pública. Una encuesta de Gallup Korea mostraba en septiembre que un 55 % de la población surcoreana se oponía a un despliegue militar en Ormuz. Además, la aprobación del presidente Lee Jae-myung ha caído en picado en el último año: de un 67 % a principios de año a un 37 % a principios de septiembre. La problemática de Irán llega en un momento de vulnerabilidad política del Gobierno, el cual ya tenía la opinión pública en contra dada la desaprobación de la ciudadanía a la política inmobiliaria, los nombramientos y otras cuestiones económicas.


La posición de Lee es, por tanto, especialmente compleja. Corea del Sur debe ahora equilibrar tres intereses que entran en tensión: garantizar su seguridad, mantener su autonomía diplomática, y proteger sus intereses económicos y energéticos. 


Aceptar la petición de Estados Unidos y realizar un despliegue militar ofensivo en Irán podría reforzar la relación bilateral entre Seúl y Washington, de manera que se evitaría una percepción estadounidense de falta de reciprocidad. Sin embargo, supondría una participación directa en la guerra, aumentaría el riesgo de represalias iraníes que pondrían en peligro a ciudadanos y militares surcoreanos, y generaría un importante coste interno. Por otro lado, rechazar la participación militar perjudicaría la alianza que sigue siendo fundamental en la defensa frente a Corea del Norte, la cual todavía representa una amenaza real contra la seguridad del país.


Entre la alianza y la autonomía 


La presión de Trump está creando una paradoja para Seúl. A medida que se intensifican las demandas de Washington para contribuir militarmente en territorios fuera de la península y en combate activo, aumenta el riesgo de verse obligados a dedicar recursos políticos y militares a conflictos que no deberían ser prioritarios en el contexto socioeconómico en el que se encuentra Corea del Sur. Simultáneamente, mientras Trump cuestiona los mecanismos tradicionales de la alianza, como el Ulchi Freedom Shield o el Freedom Edge, y busca mejorar su relación con Pyongyang, mayor es la necesidad surcoreana de preservar su propia autonomía y capacidad de decisión.


La ampliación de la misión de Cheonghae ofrece a Lee una posible solución intermedia. Permite a Corea del Sur demostrar su interés y disposición a restaurar el libre movimiento en Ormuz, del cual depende su propia economía, al mismo tiempo que mantiene una distancia clara respecto de las operaciones militares directas contra Irán. De esta manera, Seúl no se ve obligado a escoger completamente entre la alianza con Washington y su propia autonomía diplomática y estratégica.


Pero el problema de fondo va mucho más allá de Ormuz. Corea del Sur necesita a Estados Unidos para hacer frente a Corea del Norte, pero también necesita conservar la capacidad de decidir cuándo y dónde comprometer sus fuerzas. La presión de Trump está poniendo a prueba precisamente ese equilibrio. La cuestión es cómo mantener una alianza fundamental para su seguridad sin que las exigencias de Washington condicionen sus propias decisiones.


Por ahora, la tercera vía parece ofrecer a Seúl una forma de conciliar ambos objetivos. Pero el dilema de fondo seguirá ahí: ¿hasta dónde puede llegar una alianza antes de empezar a limitar la autonomía de quienes la integran?


Bloomberg, 2025

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