¿Puede Europa ser más competitiva sin debilitar el Pacto Verde?
Artículo de Sostenibilidad y Asuntos Europeos escrito por Cristina Jiménez Horcajo
Durante los últimos años, la Unión Europea ha situado la transición ecológica en el centro de su agenda política. El objetivo de alcanzar la neutralidad climática en 2050 ha venido acompañado de nuevas normas, objetivos de reducción de emisiones e inversiones en energías limpias.

Sin embargo, el contexto económico ha cambiado bastante desde que se presentó el Pacto Verde en 2019. La guerra en Ucrania y la crisis energética han aumentado la preocupación por el precio de la energía, mientras que la competencia con Estados Unidos y China es cada vez mayor. A esto se suma un problema que lleva tiempo preocupando en Bruselas: Europa crece menos y tiene dificultades para transformar parte de su innovación en grandes empresas capaces de competir globalmente.
Por eso, el debate europeo ha empezado a cambiar. La cuestión ya no es únicamente cómo reducir las emisiones, sino cómo hacerlo sin perjudicar a la industria europea. Y aquí aparece una pregunta bastante complicada: ¿puede Europa mantener sus objetivos climáticos y ser al mismo tiempo más competitiva?
El problema va más allá de la regulación ambiental
Una de las críticas que recibe el Pacto Verde es que las empresas europeas tienen que asumir nuevas obligaciones mientras compiten con productores de países donde los requisitos ambientales pueden ser menores.
Es un argumento que tiene cierta lógica. Para sectores como el acero, los productos químicos o los metales, reducir emisiones requiere transformar procesos productivos que llevan décadas funcionando de otra manera. Todo esto necesita inversión. Pero atribuir los problemas de competitividad europea únicamente a la regulación ambiental sería simplificar demasiado la cuestión.

El informe Draghi sobre el futuro de la competitividad europea identifica problemas mucho más amplios: baja productividad, elevados precios de la energía, falta de inversión, fragmentación del mercado único y una competencia internacional cada vez mayor. El precio de la energía es especialmente importante. Para una industria que consume grandes cantidades de electricidad o gas, competir resulta mucho más difícil si sus costes energéticos son superiores a los de sus competidores internacionales.
Esto también genera una contradicción. Europa quiere que su industria se electrifique para reducir las emisiones, pero esa transformación será mucho más difícil si la energía sigue siendo demasiado cara.
Por tanto, el problema no parece ser simplemente que Europa esté intentando descarbonizar demasiado rápido. También importa en qué condiciones económicas está intentando hacerlo.
La transición verde también es una competición industrial
Hay otra cuestión que muchas veces queda fuera del debate. La transición ecológica no solo genera costes. También está creando mercados enormes. Baterías, vehículos eléctricos, paneles solares, redes eléctricas, almacenamiento energético o tecnologías para descarbonizar la industria van a necesitar cada vez más inversión durante las próximas décadas.
La pregunta es dónde se van a producir. China ha conseguido una posición muy fuerte en muchas de estas cadenas de suministro y Estados Unidos también ha utilizado incentivos públicos para atraer inversión industrial. Europa, por tanto, no solo intenta reducir sus emisiones. También intenta evitar quedarse atrás en las industrias que serán necesarias para hacerlo. La Ley sobre la Industria de Cero Emisiones Netas refleja bastante bien esta preocupación. La UE se ha marcado como referencia que su capacidad de fabricación de tecnologías estratégicas de cero emisiones se acerque o alcance al menos el 40 % de sus necesidades anuales de despliegue para 2030.
Esto cambia bastante la forma de entender el Pacto Verde.
Si Europa importa la mayoría de las tecnologías necesarias para realizar su transición, conseguirá avanzar hacia sus objetivos climáticos, pero una parte importante de los beneficios industriales y del empleo se generará fuera de la Unión. En cambio, si consigue desarrollar esas industrias dentro de Europa, la transición ecológica puede convertirse también en una política industrial.

El precio de la energía puede decidir buena parte del resultado
Probablemente uno de los factores más importantes sea conseguir energía más barata. La Comisión Europea parece haber asumido este problema. El Pacto por una Industria Limpia, presentado en 2025, sitúa la energía asequible como una de las condiciones fundamentales para recuperar competitividad y presta especial atención a las industrias intensivas en energía. En julio de 2026, la Comisión dio otro paso con su Plan de Acción para la Electrificación.
Actualmente, la electricidad representa aproximadamente el 23 % del consumo energético europeo y el objetivo es alcanzar el 46 % en 2040. Según las estimaciones de la Comisión, esto podría permitir ahorrar unos 260.000 millones de euros al año en importaciones de combustibles fósiles.
Esto muestra que la política climática y la competitividad no siempre tienen que avanzar en direcciones contrarias. Europa importa buena parte de los combustibles fósiles que consume. Aumentar la producción de energía limpia y electrificar una mayor parte de la economía pueden reducir emisiones, pero también disminuir esa dependencia exterior.
Sin embargo, producir más electricidad renovable no será suficiente.
También harán falta mejores redes eléctricas, almacenamiento, interconexiones entre países y procedimientos más rápidos para desarrollar nuevos proyectos. En otras palabras, la transición energética no depende únicamente de establecer objetivos climáticos. También depende de que existan las infraestructuras necesarias para cumplirlos.
Entonces, ¿hay que regular menos?
Aquí el debate se vuelve más complicado. Las empresas europeas llevan tiempo señalando el aumento de las obligaciones regulatorias y administrativas. La propia Comisión ha reconocido que simplificar parte de la legislación puede ser necesario para mejorar la competitividad. Pero simplificar las normas no tiene por qué significar abandonar los objetivos climáticos.
De hecho, cambiar constantemente las reglas también puede generar problemas para las empresas. Una compañía que está pensando en invertir millones de euros en una nueva fábrica o en transformar su proceso productivo necesita saber cuáles serán las condiciones dentro de varios años.

Si Europa establece unos objetivos, las empresas empiezan a invertir para adaptarse y después esos objetivos cambian continuamente, la incertidumbre también tiene un coste económico. Por eso, probablemente sea más útil hablar de regulación más sencilla y previsible que de eliminar la regulación.
El problema de quién paga la transición
Existe además otra cuestión que no se puede ignorar: transformar la industria europea cuesta dinero. Las grandes empresas pueden tener más capacidad para financiar nuevas tecnologías, pero para muchas empresas pequeñas realizar estas inversiones es bastante más difícil. Los gobiernos están utilizando subvenciones, ayudas públicas e incentivos para facilitar el proceso.
El problema es que no todos los Estados miembros tienen la misma capacidad para hacerlo. Países como Alemania o Francia pueden movilizar muchos más recursos para apoyar a sus industrias que otros Estados con menos margen fiscal. Si una parte demasiado importante de la transición depende de ayudas nacionales, podría ocurrir algo paradójico: una política destinada a reforzar la industria europea terminaría aumentando las diferencias entre países dentro del propio mercado único.
Por eso, el debate sobre competitividad y transición ecológica también es un debate sobre financiación europea y sobre hasta qué punto estas inversiones deben organizarse a nivel nacional o europeo.
El Pacto Verde no es el único problema, pero tampoco puede ignorar la competitividad
Probablemente sea demasiado sencillo plantear este debate como una elección entre mantener el Pacto Verde o proteger a las empresas.
Reducir los objetivos climáticos no solucionaría por sí solo los elevados precios energéticos, la falta de inversión o la fragmentación del mercado europeo. Además, Europa podría perder posiciones en sectores tecnológicos que van a ser cada vez más importantes.
Pero tampoco sería realista asumir que cualquier nueva obligación ambiental es compatible automáticamente con una industria competitiva.
Si las empresas europeas tienen energía más cara, dificultades para conseguir financiación, procedimientos demasiado lentos y mayores costes que sus competidores, parte de la producción puede acabar desplazándose fuera de Europa.
La diferencia estará en cómo se gestione la transición.

Europa necesitará combinar sus objetivos climáticos con energía más asequible, inversión, mejores infraestructuras, regulación más sencilla y una política industrial capaz de mantener parte de las nuevas cadenas de valor dentro de la Unión.
Por eso, quizá la pregunta no sea realmente si Europa tiene que elegir entre el Pacto Verde y la competitividad.
La pregunta es si será capaz de conseguir que la transición ecológica deje de ser únicamente una obligación que las empresas tienen que cumplir y se convierta también en una oportunidad para modernizar su industria y competir en los mercados que están surgiendo alrededor de ella.




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