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El colapso rompe la cuarta pared

  • Foto del escritor: Luis Valoro Esteve
    Luis Valoro Esteve
  • hace 3 días
  • 12 Min. de lectura

Artículo escrito por Luis Valero Esteve

El abismo en el que nos sumergen el consumismo y la inmediatez ha destapado las consecuencias de deshumanización y alienación que predijo el propio capitalismo.


Fernando es una persona que tiene bien arraigadas sus costumbres. Fernando es un hombre de 67 años y lleva 30 años haciendo exactamente lo mismo cada mañana: sale de casa, baja la persiana metálica con ese chirrido que ya forma parte del barrio, y se cruza con Paqui, la de la carnicería, que siempre le pregunta si hoy también va a “echar la mañana con la cuadrilla”.


Él sonríe, compra el pan en la misma panadería de siempre, y luego se va hacia el parque donde quedaba con tres o cuatro amigos. Allí, en esos bancos de hierro un poco incómodos y un poco fríos, arreglaban España a base de pipas, batallitas, malas imitaciones de políticos y risas que espantaban a los pájaros.


Ese era su espacio. Su lugar. Su pequeña república.



Pero un día, como pasa siempre en las grandes ciudades cuando nadie mira, llegó una reforma. Lo llamaron “Plan de Revitalización del espacio público”. Una expresión preciosa que, en realidad, significaba otra cosa: los bancos desaparecieron. En su lugar, una terraza infinita, perfectamente cuadrada y alineada, con sillas clavadas al suelo y precios clavados en el alma.


Ahora, para hacer lo que llevaba haciendo toda la vida —sentarse un rato con sus amigo —

Fernando tiene que pedirse una tónica de 4,50€. Que no le gusta la tónica. Que no le gusta su pincho de tortilla. Que él quería un banco, no un ticket. Pero si se sienta sin consumir, lo echan : “Es que esto es una terraza, caballero”.


Desde entonces, Fernando vive una paradoja absurda: para mantener una costumbre que nunca tuvo precio, ahora tiene que pagarlo. Lo que antes era espacio común se ha convertido en espacio condicionado. La calle ya no es suya, sino del consumo.


Y ahí, justo ahí, es donde a Fernando empieza a temblarle algo más que las manos. Porque se da cuenta de que no es solo un banco lo que le han quitado. Es un modo de estar en el mundo. Un derecho a existir sin gastar.


Cuando el tiempo se convierte en mercancía

Vivimos dentro de un calendario que no hemos elegido. Un año que ya no se organiza por estaciones, por ciclos naturales o por fiestas culturales, sino por eventos de compra. El capitalismo ha hecho algo que Karl Marx ya intuía: convertir la temporalidad misma en mercancía. Todo el año está diseñado para que no haya un solo mes, un solo respiro, una sola grieta por la que no se cuele un estímulo que diga “consume”. Diciembre ya no es invierno: es Navidad. Las luces no celebran nada; anuncian. Enero no es renovación: son rebajas. Febrero no es un mes corto: es San Valentín. Luego llegan el Día del Padre, la Semana Santa convertida en oferta turística, el Día de la Madre, el veranito con sus “imprescindibles”, la vuelta al cole, el Black Friday, el Cyber Monday, el 11/11 de AliExpress y, si queda algún hueco, se lo inventan. El año ya no tiene doce meses: tiene doce campañas o las que surjan.


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Este ritmo no es casual. Es estructural. Es exactamente lo que Marx llamaría superestructura: las formas culturales, emocionales y sociales que brotan del modo de producción. Como vivimos en un sistema que solo sobrevive si el consumo no se detiene, la cultura se convierte en un mecanismo lubricante para que jamás dejemos de mover la rueda. Nuestras emociones se sincronizan con el marketing. Nuestro ocio gira alrededor de oportunidades de compra. Nuestra identidad se modela a golpe de “temporadas”.




Y aquí se cuela algo que explica perfectamente esta sensación: lo que Byung-Chul Han llama La desaparición de los rituales. Antes los rituales ordenaban el tiempo con repetición y sentido; hoy los hemos reemplazado por campañas comerciales que caducan en días. Donde antes había un ritmo humano y comunitario, ahora hay una aceleración constante donde nada permanece. Lo han llamado “evanescencia”; Marx lo llamaría directamente “necesidad sistémica”.


Lo más siniestro no es que compremos —al fin y al cabo, siempre ha habido comercio— sino que vivimos dentro de un ecosistema emocional diseñado para que no podamos no comprar. No es una libertad individual: es una atmósfera. Es “falsa conciencia” en estado puro: creemos que esto es normal, inevitable, neutro. Pero en realidad responde a una necesidad gestada en la infraestructura capitalista que Marx describió con precisión matemática: si el sistema depende de la rotación constante del capital, necesita consumidores permanentemente excitados, siempre receptivos, siempre un poco ansiosos y siempre, siempre incompletos.


Aquí encaja también otra lectura histórica que lo confirma: el análisis de Betty Friedan en La

mística de la feminidad. Después de la Segunda Guerra Mundial, cuando las mujeres habían

conquistado independencia económica trabajando en fábricas, la cultura de masas diseñó — deliberadamente— un regreso al ámbito doméstico. No por naturaleza ni por vocación, sino por necesidad del sistema productivo.


Se convirtió a la mujer en consumidora ideal mediante una arquitectura de deseos artificiales: electrodomésticos, perfección doméstica, matrimonios precoces, identidad construida alrededor del hogar. Friedan lo llamó “el problema que no tiene nombre”: una inquietud profunda, un vacío emocional producido por necesidades inventadas. La mujer debía comprar para llenar un hueco que el propio sistema había creado. Su conclusión encaja dolorosamente con lo que vivimos hoy: cuando el sistema necesita moldear comportamientos, no cambia las leyes: cambia las emociones.


Aquí es donde surge lo más importante de esta crítica: el consumo ya no es una actividad; es un modo de existencia. El año se ha transformado en una secuencia de impulsos diseñados para moldear nuestro comportamiento. Como si tuviésemos una correa invisible que nos empuja de campaña en campaña, de deseo en deseo, de necesidad inventada en necesidad inventada. Ya no hablamos de economía: hablamos de psicología. De cómo se construye un sujeto incapaz de habitar el tiempo sin estímulos externos.


Y así se produce la gran paradoja contemporánea: creemos que consumimos cosas, pero en realidad es el sistema el que nos consume a nosotros. Consumimos para sentir que estamos dentro. Compramos para no perder el ritmo. Seguimos el calendario porque parece el único calendario posible. Este ciclo es más que una molestia: es un síntoma. Un síntoma de que hemos llegado a un punto donde la vida solo se concibe si genera rendimiento económico. Un punto en el que lo que antes eran gestos humanos —regalar por cariño, celebrar por compartir, reunirse por rutina— ahora se han transformado en una experiencia exclusiva. Pasamos de vivir a producir. Del tiempo personal al tiempo monetizable. Y lo más grave es que lo hacemos sin pestañear.


Marx advertía que el capitalismo colapsaría cuando sus propias contradicciones se volvieran insostenibles. Y dime si no es una contradicción gigantesca esta: una sociedad que depende de un consumo infinito en un planeta finito, sostenida por personas psicológicamente agotadas. Un sistema que ingiere identidades, tiempo y energía emocional para seguir funcionando, aun cuando eso erosiona la salud mental, la cohesión social y la capacidad de pensar. Por eso criticar este calendario no es criticar una costumbre comercial. Es señalar el mecanismo que nos ha atrapado a todos: un modo de vida que transforma cada mes en un recordatorio de que existir es consumir.

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Y que, quizá, este sea uno de los indicios más claros de que ya no vivimos en un capitalismo

funcional, sino en un capitalismo agónico: un sistema que solo se mantiene devorando cada vez más de lo que nos queda como seres humanos. Y esa forma de engullirnos no termina en el consumo económico. Lo verdaderamente inquietante es que el capitalismo contemporáneo no solo se ha apropiado de nuestro tiempo: también lo ha hecho de nuestra atención, de nuestra empatía y de nuestra percepción del mundo. Ya no necesita solo consumidores: necesita sujetos distraídos, desconectados del dolor ajeno, incapaces de detenerse a pensar. La consecuencia directa es la deshumanización. Una especie de abstracción emocional colectiva donde la vida —propia y ajena— pierde densidad, pierde peso, pierde valor. Y aquí lo más perturbador es que esta deshumanización no es un accidente: es un efecto secundario funcional del sistema.


El sufrimiento como moneda de cambio

Basta ver lo que se ha descubierto esta semana: la investigación italiana sobre los llamados safaris humanos en el Sarajevo de los años noventa. Personas ricas que pagaban para viajar al frente y disparar a civiles sitiados como si fueran parte de una atracción turística. Cada víctima tenía un precio. La muerte convertida en experiencia premium. El mal convertido en producto. No eran mercenarios: eran clientes. Lo traigo aquí no por morbo, sino porque revela el extremo de una misma lógica: cuando el ser humano se convierte en objeto, cuando la existencia ajena se reduce a entretenimiento, cuando todo tiene un precio... la empatía deja de ser un reflejo natural y se convierte en un lujo prescindible.


Y lo inquietante es que, aunque aquello ocurrió en un contexto extremo —una guerra, un asedio, una brutalidad documentada décadas después— la lógica que lo hizo posible no pertenece solo al pasado ni a un escenario bélico. Esa misma lógica, la que convierte al otro en objeto, la que trivializa el dolor, la que anestesia la empatía, está hoy integrada en nuestro día a día de una forma mucho más sutil, amable y constante.


No hace falta viajar a una guerra para convertir a otro ser humano en un producto: basta con deslizar el dedo. Basta con abrir TikTok o cualquier otra red social. Lo que allí era violencia explícita, aquí se presenta como entretenimiento inofensivo, pero responde al mismo principio: la vida ajena convertida en contenido, el sufrimiento ajeno convertido en estímulo, la empatía reducida a un sentimiento efímero que se desvanece en el video siguiente.


El capitalismo digital ha hecho algo perversamente eficiente: ha transformado la vida ajena en contenido y la nuestra en consumo emocional instantáneo. Vemos personas llorando, riendo, humillándose, explotando, triunfando, sufriendo, pero todo durante tres segundos, sin tiempo para que algo cale, sin espacio para que ocurra algo parecido a la empatía real.


Pasamos de una tragedia a un chiste, de un duelo a un baile, de un conflicto a un tutorial. La vida humana convertida en un scroll infinito. Y aquí Marx vuelve a tener razón de una manera tan precisa que asusta: la alienación ya no es solo laboral; es perceptiva. Vivimos fuera de nosotros mismos, expulsados de nuestra propia atención, incapacitados para sostener la mirada sobre el mundo real sin un estímulo cada cinco segundos. TikTok no solo roba tiempo: roba profundidad, roba presencia, roba la capacidad de sentir y de pensar. Somos, literalmente, engranajes emocionales de un sistema que necesita que estemos siempre excitados, siempre distraídos, siempre consumiendo algo —aunque ese algo sean vidas ajenas convertidas en píldoras audiovisuales. Marx decía que el ser humano podía alienarse de cuatro maneras: de sí mismo, del otro, de su creatividad y de su conciencia. Y si observamos cómo funcionan las redes sociales, es exactamente eso lo que ocurre, pero multiplicado por mil y dopado con algoritmos que saben más de nosotros de lo que sabremos jamás. La alienación de uno mismo es no poder estar diez minutos sin estímulos.


Es sentir ansiedad si no hay un sonido, una vibración, una notificación. Es que nuestra atención sea un músculo atrofiado, incapaz de sostener una idea, un silencio, una emoción limpia. Es vivir expulsados de nuestro propio presente.


La alienación del otro es ver a alguien llorando en un vídeo y deslizar como si nada. Es observar tragedias, humillaciones, enfermedades o conflictos en modo entretenimiento. Es que el sufrimiento ajeno ya no nos parezca real porque lo vemos encapsulado entre un baile y un meme. Es la muerte de la empatía por saturación. La alienación de la creatividad es no poder aburrirse.


La creatividad nace del vacío, del silencio, de la espera. Pero si el sistema te bombardea con

estímulos cada tres segundos, nunca habrá espacio para que surja nada propio. Pensar requiere tiempo; TikTok te lo roba.


Y la alienación de la conciencia es creer que esta vida frenética es normal. Pensar que todo esto —la dopamina instantánea, la exposición constante, la necesidad de llenar cada hueco mental— forma parte de una evolución natural de la cultura. Es la falsa conciencia del siglo XXI: confundir hiperestimulación con libertad, confundir dependencia con autonomía, confundir ruido con vida.

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Marx denunció que el capitalismo absorbía a fuerza de trabajo. Hoy el capitalismo no absorbe tu trabajo: absorbe tu mente. La atención es la nueva mercancía y tú eres la fábrica. Antes el capitalismo necesitaba tu cuerpo. Ahora necesita tu dopamina. Antes te robaban horas de producción. Ahora te roban horas de vida consciente. Antes eras el trabajador. Ahora eres el dato. Eres comportamiento predecible. Eres un patrón emocional explotable.


Si el obrero del siglo XIX producía mercancías, nosotros producimos algo mucho más valioso: datos, tiempo de pantalla y consumo emocional. Somos máquinas de retroalimentación. Alimentamos un sistema que solo funciona si estamos siempre un poco distraídos, un poco ansiosos, un poco fragmentados.


Y esta es la parte más trágica: hemos perdido el lujo del silencio. Ese gesto tan simple como mirar por la ventana del autobús. Ese instante en el que la mente descansa, respira, se ordena. Hoy, si no estamos estimulados, nos sentimos vacíos. No porque la vida sea vacía, sino porque el sistema nos ha entrenado para sentirnos inútiles cuando no estamos consumiendo algo. Marx decía: “Todo lo sólido se desvanece en el aire”. Hoy todo lo sólido se derrite en el scroll. La identidad, las emociones, el pensamiento crítico, la atención: todo se vuelve líquido, instantáneo, volátil. Y es esta volatilidad —esta imposibilidad de habitar el presente sin un estímulo externo— la que nos ha llevado a convertirnos en lo que somos ahora: un sujeto agotado, distraído, emocionalmente aplanado, fácil de manipular y perfectamente útil a un sistema que necesita consumidores “zombificados” más que ciudadanos conscientes.


La alienación que Marx describió en las fábricas hoy sucede dentro del móvil. No en la cadena de montaje, sino en el feed. No en la jornada laboral, sino en la pantalla. La fábrica del siglo XXI ya no produce tornillos: produce subjetividad. Y lo peor es que lo hace tan bien que ni lo notamos.


Los fantasmas de la clase media

Y mientras todo esto ocurre en nuestras pantallas —mientras nuestra atención se convierte en mercancía y nuestra identidad en algoritmo—, en la estructura económica sucede algo igual de determinante: la riqueza se concentra en menos manos que nunca. Lo que Marx describió como “acumulación progresiva del capital” ya no es teoría: es estadística pura y dura. El 1% de la población mundial posee más riqueza que el 99% restante. No es una frase hecha; es la radiografía de nuestro tiempo.


La famosa “clase media”, esa amortiguación social que sostenía la estabilidad de Occidente, está desapareciendo como si nunca hubiese existido. Ya no se trata de trabajar duro, ahorrar, comprar una casa o aspirar a una vida tranquila: ese relato murió. Hoy trabajas, sobrevives, pagas suscripciones, pagas alquileres imposibles, pagas impuestos regresivos, pagas servicios precarios, y aun así tienes la sensación de estar siempre un paso por detrás de todo. Lo que antes era un proyecto vital, ahora es una carrera de resistencia emocional.


Mientras tanto, los ricos se vuelven más ricos, no por esfuerzo ni mérito, sino porque el sistema les está diseñado a medida. El capital produce más capital, las grandes fortunas viven del rendimiento de activos que una persona normal jamás podrá adquirir, y la brecha entre quien puede invertir y quien solo puede consumir crece como una grieta que atraviesa el mundo. Marx lo describió hace casi dos siglos: la riqueza se acumula en un extremo, la miseria y la precariedad en el otro.


Y lo más sutil —lo más perverso— es que este desequilibrio no se vive ya como injusticia, sino como normalidad. Esto es lo que Marx llamaba “falsa conciencia”, y lo vemos cada día:

aceptamos una vida marcada por la deuda, la ansiedad, la inflación emocional y económica, como si fuera inevitable, como si así hubieran sido siempre las cosas.


Pero aquí está la contradicción que nos acerca al colapso: un sistema que depende del consumo necesita consumidores, pero la realidad es que cada vez más personas no llegan a fin de mes, o viven tan exhaustas que no pueden seguir sosteniendo el ritmo.


El capitalismo contemporáneo exige que consumamos como ricos mientras nos paga como

pobres. No hay ecuación que aguante eso. Si tuviéramos que resumir esta contradicción en una frase sería esta: somos demasiado pobres para sostener el estilo de vida que el sistema necesita que tengamos. Es insostenible matemáticamente, psicológicamente y moralmente.


Y aquí Marx vuelve a aparecer como un fantasma que entiende nuestro presente mejor que

nosotros mismos. Él decía que el capitalismo colapsaría no porque cayese una revolución

romántica de obreros heroicos, sino porque sus propias contradicciones internas lo volverían

ingobernable: desigualdad extrema, condiciones de vida cada vez peores, concentración obscena del capital, pérdida de cohesión social... todo eso que estamos viviendo en tiempo real.


Pero el colapso no siempre se ve como explosión. A veces se ve como agotamiento, como cinismo generalizado, como pérdida de fe en el sistema. Como ansiedad colectiva, como fuga hacia la hiperestimulación. Como un mundo que sigue funcionando solo porque nadie se atreve a decir que está roto.


Cuando ves que un hombre tiene que pagar 4,50 € para sentarse donde hubo un banco, cuando ves a adolescentes pasar cinco horas en TikTok porque no soportan estar a solas con sus propios pensamientos, cuando ves que la clase media se evapora mientras los multimillonarios juegan a colonizar planetas como si la Tierra ya fuese un juguete viejo o jugar al Call of Duty en la vida real... te das cuenta de que no estamos ante un capitalismo sano ni sostenible: estamos ante un capitalismo exhausto, que sobrevive devorando más de lo que la sociedad puede dar.


Y ese es, en el fondo, el centro de este alegato:

No se trata de si el colapso del capitalismo va a llegar, sino de si ya estamos dentro, viviendo sus primeros temblores, disfrazados de normalidad. Y la pregunta incómoda, la de verdad, es si todavía nos queda energía para verlo o si la alienación, la hiperestimulación y el cansancio emocional nos han convertido en espectadores pasivos de nuestro propio derrumbe. Ahora ya puedes seguir deslizando.

1 comentario


Clara Almarza
Clara Almarza
hace 3 días

Que pasada de artículo, además de una gran de reflexión y una apertura de ojos de cara a la vida

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