INFLUENCIA DE LA PSICOPATÍA EN EL PODER Y SU SOLUCIÓN
- Cayetana Castro Boix
- 17 nov 2025
- 5 min de lectura

La psicopatía, también conocida como trastorno antisocial de la personalidad es uno de los trastornos más estrechamente relacionados con la criminalidad. Sin embargo, actualmente
existe un gran desconocimiento en torno a este tema, alimentado en gran parte por el true
crime, el cine y la literatura. Desde la mirada de la sociedad actual se tiende a asociar al
psicópata con una persona poco sociable, distante y con una personalidad fría y calculadora.
A menudo, la población identifica la psicopatía con la comisión de crímenes, especialmente los de sangre. No obstante, esta percepción se aleja bastante de la realidad, siendo esta que una gran parte de las personas que cometen delitos no padecen trastorno antisocial, y entre el 80 y 99% de las personas con psicopatía no cometen delitos. A estos últimos se les conoce como psicópatas integrados.
Por ello, el imaginario colectivo que vincula automáticamente la palabra “psicópata” con la figura de un “monstruo” es erróneo. La mayoría de las personas con psicopatía se adaptan con eficacia a las normas sociales, muestran una apariencia amable e incluso, en muchos casos (como ocurrió con Ted Bundy), destacan por un carisma considerable.

Para tratar de disipar estas falsas creencias generadas alrededor del término psicopatía
estableceremos como esta se clasifica en el DSM-5 (Manual Diagnóstico y Estadístico de los
Trastornos Mentales, quinta edición).
Entre las características que pueden ayudar a identificar la presencia de este trastorno se
encuentran las siguientes:
Desprecio por las normas sociales, es decir, la incapacidad para conformarse y respetar las normas sociales y legales.
Comportamiento de engaño repetitivo, como mentir o usar alias para estafar.
Impulsividad, entendida como falta de capacidad para planificar con antelación y tener
un comportamiento con tendencias impulsivas.
Irritabilidad y agresividad, presentan tendencia a las peleas o agresiones físicas o
verbales recurrentes.
Despreocupación por la seguridad, despreocupación temeraria por la propia seguridad
o la de los demás (conducir de forma temeraria, abuso de sustancias…).
Irresponsabilidad constante, una incapacidad de mantener un trabajo de forma
sostenida o de cumplir con obligaciones financieras.
Ausencia de remordimiento o indiferencia ante las consecuencias de sus actos,
racionalizando el daño que causan o culpando a las víctimas.
Siendo consciente de que estas características pueden resultar confusas o difíciles de
identificar, podemos destacar dos rasgos fundamentales señalados por el experto Vicente
Garrido, que son más sencillas de entender e identificar en los sujetos:
En primer lugar, las personas que padecen psicopatía conciben la vida únicamente en función de fines u objetivos. Por ello, no perciben a las personas que las rodean como fines en sí mismos, sino como medios para alcanzar sus propios propósitos o fines.
En segundo lugar, los psicópatas no experimentan un amor genuino hacia los demás. Aunque son capaces de comprender intelectualmente las emociones ajenas, no las sienten de forma auténtica. De ahí que se afirme que carecen de empatía ya que pueden entender los sentimientos, pero no experimentarlos.
Una vez establecidas las características que pueden identificar a una persona con psicopatía, resulta evidente que muchas de estas pueden observarse en determinados perfiles de altos cargos políticos o empresariales.
El hecho de que las personas con psicopatía orienten su vida casi exclusivamente hacia la
consecución de sus propios fines las vuelve especialmente propensas a buscar posiciones de poder. Muchas de ellas muestran una marcada necesidad de control, lo que las lleva a intentar dominar todo aquello que esté a su alcance. Por esta razón, los puestos de alta
responsabilidad (tanto en el ámbito político como en el empresarial) resultan especialmente
atractivos para este perfil.

De hecho, un estudio del equipo del psicólogo forense Nathan Brooks, de la Bond University
de Australia, estima que alrededor del 21% de los altos directivos presentan rasgos
psicopáticos.
Existen numerosos ejemplos, especialmente en el ámbito político, que ayudan a ilustrar esta
relación. Algunos de ellos se analizarán a continuación para comprender mejor este fenómeno tanto en la actualidad como a lo largo de la historia.
En primer lugar, puede tomarse como ejemplo al presidente de los Estados Unidos, Donald
Trump, ya que diversos especialistas han señalado que muestra rasgos compatibles con un
trastorno narcisista de la personalidad y una notable falta de empatía. Si analizamos al presidente observamos que destacan en su personalidad varias de las características mencionadas al inicio: una tendencia a la mentira patológica, documentada por diferentes
medios durante su trayectoria política; un desprecio recurrente por ciertas normas sociales y
políticas, reflejado en las múltiples investigaciones y procesos judiciales en los que se ha visto implicado; así como una notable impulsividad e irritabilidad, perceptibles en numerosos
discursos y declaraciones públicas.
En segundo lugar, resulta necesario analizar la figura de Iósif Stalin, un líder político al que se
le atribuyen rasgos compatibles con la psicopatía. En comparación con el ejemplo anterior, sus características resultan más evidentes debido a la enorme crueldad, represión y ausencia de empatía que marcaron su periodo de gobierno.
Stalin mostró además un narcisismo extremo y una gran intolerancia hacia la crítica, era
conocido por apartar (e incluso mandar ejecutar) a quienes cuestionaban sus decisiones.
También manifestaba reacciones desproporcionadas ante situaciones que, en otros contextos, podrían considerarse normales, lo que contribuyó a generar un clima de terror político. La figura de Stalin dejó una huella irreversible en la historia de su país, del mismo modo que la de otros líderes autoritarios como Hitler o Mussolini. Estos ejemplos históricos permiten reflexionar sobre cómo podría evolucionar un escenario contemporáneo en el que individuos con rasgos narcisistas o autoritarios ocupen posiciones de poder (como pueden ser Vladimir Putin o Donald Trump, siempre manteniendo un enfoque de crítica y comparación, no de diagnóstico).

Debemos ser conscientes de que la presencia de personas con una marcada falta de empatía y un narcisismo extremo en posiciones de poder supone un problema real. Con frecuencia, de forma casi inconsciente, asociamos estos rasgos con la imagen de un líder fuerte y decidido.
Sin embargo, no podemos olvidar que el liderazgo no solo requiere determinación o eficacia,
sino también la cualidad esencial que nos humaniza, la empatía.
Al fin y al cabo, quienes ocupan posiciones de poder tienen en sus manos decisiones que
afectan directamente a nuestro presente y a nuestro futuro. Por lo tanto, el liderazgo
responsable y ético es fundamental para construir sociedades más justas y sostenibles.
En este sentido, la educación desempeña un papel crucial. Una ciudadanía formada y capaz de identificar discursos manipuladores o autoritarios es la mejor defensa frente a la concentración de poder en manos de personas con rasgos psicopáticos. Y no solo esto, la educación también fomenta valores como la empatía, el pensamiento crítico y la responsabilidad.
Solo mediante una educación crítica y responsable podremos evitar que el carisma, la fuerza o la retórica autoritaria se confundan con aquello que realmente define a un buen líder, su capacidad para comprender, respetar y proteger a las personas a las que lidera.
Bibliografía:




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