EL ESPEJISMO DEL DERECHO EN EL GULAG: ENTRE LA ARBITRARIEDAD PENAL Y LA QUIEBRA DE LA JUSTICIA RETRIBUTIVA
- JOSE ANTONIO GÓMEZ AMORÓS

- hace 2 días
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El presente artículo toma como base y testimonio fundamental la obra Un día en la vida de Iván Denísovich de Aleksandr Solzhenitsyn. No nos aproximamos a este texto desde una perspectiva puramente literaria, sino que lo abordamos por su profundo carácter jurídico. Su relevancia radica en la capacidad de demostrar cómo se destruyeron las leyes y los derechos en la Unión Soviética de 1945, erigiéndose como un claro ejemplo histórico para entender el resultado que se produce cuando un Estado burla los principios fundamentales de la justicia y los derechos humanos.
1. Introducción: La perspectiva jurídica frente al espejismo legal del Gulag.
El espejismo del derecho en el sistema del Gulag nos obliga a plantear, desde un punto de vista académico, la confrontación de dos realidades opuestas. Por un lado, la teoría de la legalidad que todo sistema debe garantizar para proteger la dignidad de las personas como algo inalienable. Por otro lado, la realidad del Gulag, donde el gobierno de Stalin empleaba la legalidad como elemento de represión. Este disfrazado sistema de legalidad no usaba las leyes para defender a los ciudadanos, sino solo para encubrir el maltrato y la opresión.
La idea central del trabajo es traer luz a la realidad de los campos de concentración, y es precisamente a través de Iván Denísovich (cuya identificación como preso era S-854), como pondremos encima de la mesa la injusticia que supone arrebatarle el nombre a una persona para convertirla en un número. Es aquí cuando podemos ver que el individuo pasa de ser alguien con derechos a ser un objeto para trabajar bajo violencia a ojos de este sistema.
Analizar el entorno donde se desarrolla la obra es clave para comprender la situación de

Ivan Denísovich (Sujov en la obra) en el sistema del Gulag. Este sistema estaba compuesto por una red de campos de trabajo donde eran usados los presos por el propio Estado Soviético para sus proyectos, dejando de lado por completo cualquier tipo de garantía humana.
2. La cosificación del individuo y la negación de los derechos prejurídicos.
Este escenario es el ejemplo de la negación de la persona, donde el Estado reduce a los individuos a meras herramientas de trabajo . Precisamente, es la justicia la que debe reconocer la dignidad del ser humano como algo previo a cualquier ley, alejándonos de la concepción de que los derechos humanos puedan tener una fundamentación política, porque así se garantiza que los derechos no sean concesiones del Estado, sino límites que se pongan al poder político.
En el seno de los sistemas totalitarios, la destrucción de la identidad constituye el primer paso hacia la cosificación del individuo. Son precisamente los totalitarismos que encontramos en el siglo XX aquellos que basaron su poder sorteando la esencia humana para poner a civiles (“los débiles”) al arbitrio de adeptos al régimen (“los fuertes”). Y fueron en los campos donde las leyes no buscaban la justicia, solo aseguraban que los presos siguieran produciendo bajo el control de los guardias.
3. La quiebra de la justicia retributiva, penas desproporcionadas y arbitrarias.
Analizando el porqué de la condena de Iván Denísovich encontramos el fallo en este sistema judicial que denunciamos, pues atendiendo a la teoría de la justicia retributiva, sólo es justa una pena si esta es proporcional al delito que ha cometido el sujeto. Sin embargo, el concepto de delito en la Unión Soviética de Stalin no respondía necesariamente a un hecho concreto, sino a una etiqueta política impuesta por parte del Estado para nutrir el engranaje de los campos de trabajo.
Iván es condenado injusta y arbitrariamente por alta traición. Este fue capturado previamente durante la Segunda Guerra Mundial por el ejército alemán, y al conseguir escapar del cautiverio y reencontrarse con sus tropas, se le acusó de regresar del campo de prisioneros de guerra alemán con la “misión” de ser una especie de espía para la inteligencia alemana. Como podemos observar irónicamente en la obra, Iván confesó su culpabilidad ante el peligro de que lo mataran, conservando así una esperanza de vida aunque fuera como esclavo.
Esto evidencia que la justicia no tenía como finalidad “retribuir” o castigar un mal cometido, sino que operaba como una herramienta administrativa utilizada para condenar atendiendo a criterios políticos. No podemos hablar de proporcionalidad cuando el hecho de sobrevivir a una guerra se castiga con 10 años de trabajos forzados en condiciones infrahumanas (El libro termina con el autor recordando los “tres mil seiscientos cincuenta y tres días de condena, y tres días más por los años bisiestos” de condena). El derecho aquí no es protector de la verdad, solo es utilizado para dar una apariencia de legalidad frente a una injusticia absoluta. Además cuando hablamos de la teoría de la justicia retributiva no solo debemos centrarnos en que la pena sea proporcional al delito cometido, sino también esta ha de ser certera y finita, como estableció Cesare Beccaria para que el castigo no se convierta en un acto tiránico. En el sistema soviético, la condena no busca cumplir una deuda con la sociedad, sólo queda como un secuestro indefinido de la vida humana sujeta al Estado arbitrario.
En una ocasión, el protagonista reflexiona sobre la ilusoriedad de aquellos a los que les falta “poco” para salir. El protagonista sabe que el cumplimiento de la pena impuesta no garantiza una libertad real, por la cruda experiencia palpada en el campo, y eso se expresa de forma desgarradora, viendo como aquellos que eran condenados a tres años, se quedaban encerrados cinco años más.
Esta elasticidad en la ley, es la prueba de que el sistema judicial estaba completamente pervertido, demostrando que el régimen solo estaba diseñado para retener fuerza de trabajo esclava el tiempo que el Estado considerase oportuno para sus planes de supervivencia y producción. Así pierde la ley su función, ya que lejos de proporcionar una seguridad a las expectativas de la ciudadanía, se convierte en una trampa infinita. Aquí se dictaron condenas de diez o veinticinco años con apariencia de legalidad, cuando el preso es consciente de que el Estado le ha expropiado su vida de manera indefinida, quedando totalmente desprotegido ante la tiranía administrativa.
4. El abandono del principio de legalidad y el conflicto entre la lex simulata y la realidad.

Para comprender cómo este sistema totalitario lograba dar cobertura legal a este tipo de atrocidades, debemos detenernos a observar el ordenamiento jurídico que imperaba, pues el derecho penal soviético abandonó conscientemente el principio de legalidad (nullum crimen, nulla poena sine lege) e instauró el principio de analogía. Todo su ordenamiento pasó a centrarse en el concepto de “peligrosidad social” por lo que la justicia ya no buscaba castigar un hecho culpable, sino imponer medidas de defensa social disfrazadas como penas. Esta macabra arquitectura legal permitió que presos como Iván no necesitaran haber cometido ningún acto de traición, pues bastaba con que el Estado lo etiquetara como un elemento “socialmente peligroso” por haber sobrevivido al cautiverio alemán para enviarlo diez años al Gulag.
El verdadero espejismo legal del sistema soviético queda al descubierto al observar el violento choque entre la ilusión del Estado de derecho y la arbitrariedad totalitaria de la realidad. Resulta paradigmática la perversión del artículo 9 del Código Penal de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia de 1926. Dicho precepto establecía expresamente que las medidas de defensa social no podrían tener por fin “infligir un sufrimiento físico ni lesionar la dignidad humana”. Sin embargo, en la práctica de los campos de trabajo, esta norma operaba como una auténtica lex simulata. Cuando los prisioneros, aferrándose a su condición de humanos, intentaban apelar a este artículo para protegerse de vejaciones inhumanas, la respuesta del sistema era el castigo físico y el aislamiento en celdas heladas.
Este conflicto solo nos muestra la inseguridad jurídica que se experimentó durante años, donde las leyes son papel mojado, y el poder no necesita argumentos legales para actuar porque son los propios guardias los que representan la “voluntad del poder”. El abandono de la idea de la justicia fundada en los derechos inalienables del hombre conduce a que el individuo quede a merced de los más poderosos. Por eso, a ojos del sistema soviético el Capitán no es un sujeto con derechos, sino un cuerpo que debe ser doblegado, justificando el aislamiento de este por diez días al atreverse a cuestionar a la autoridad.
5. La perspectiva de la Justicia Internacional y la hipocresía de Núremberg
Desde la óptica de la justicia internacional, estas condenas encarnan el problema de lo que el profesor Carrillo Salcedo denominó como la “criminalización de la barbarie”. El sistema jurídico soviético podemos calificarlo de aberrante por la concepción de los derechos, ya que estos se entienden creados por la voluntad política, por lo que su existencia y contenido siempre dependerá del criterio mayoritario, o lo que es más trágico, del “capricho de quien ostente un poder capaz de imponerse”. Frente a la visión de que el Estado se arroga el poder total sobre el individuo, la Justicia Internacional contemporánea sostiene que los derechos humanos no son concesiones o privilegios que la comunidad política otorga, sino una realidad prejurídica dimanante de la propia naturaleza humana. Cuando el sistema soviético obvia esta realidad sometiendo la vida, el alimento de los prisioneros y la libertad a los planes productivos del Estado, el ser humano es despojado completamente de su condición ciudadana, quedando reducido a una especie de “subhumano”, quedando inerme ante la
arbitrariedad estatal.
Esta aberración jurídica resulta aún más evidente si observamos la profunda contradicción histórica y jurídica que encontramos en el sistema del Gulag. Tras la Segunda Guerra Mundial, la comunidad internacional dio el paso de criminalizar estos actos aberrantes creando el Tribunal Militar Internacional de Núremberg para juzgar las atrocidades del nazismo. Sin embargo, de entre las negociaciones de dicho tribunal quedó patente el sistema que operaba en la Unión Soviética, ya que chocaba frontalmente con las culturas jurídicas occidentales basadas en el principio de legalidad y presunción de inocencia.
La justicia soviética era de naturaleza radicalmente opuesta a los derechos humanos, pues se trataba de un sistema penal puramente instrumentalizado, caracterizado por ser una “justicia de clase, donde al acusado se le consideraba presuntivamente culpable por pertenecer a un determinado grupo social”. Aquí los procesos judiciales operaban como una farsa administrativa, pues no buscaban el esclarecimiento de la verdad material ni retribuir un daño objetivo, ya que “muchas veces eran un despliegue propagandístico del poder del Estado”.
Por ello, también merece la pena hacer mención al verdadero espejismo con el que titulo este trabajo, ya que, resulta trágicamente irónico que esta misma potencia estatal se sentara en Núremberg para juzgar crímenes contra la humanidad, mientras mantenían dentro de sus fronteras campos de concentración donde, despojando a todo ser humano de su dignidad, lo reducía a la condición de esclavo.
La verdadera justicia exige establecer procedimientos equitativos bajo un velo de ignorancia, impidiendo que las partes inclinen las normas a su favor por el mero hecho de ostentar una posición ventajosa. Sin embargo, al observar el estrado de Núremberg, nos da la impresión de que las potencias victoriosas confundieron este velo por el blindaje que otorga ganar una guerra, diseñando un tribunal a medida que perseguía implacablemente la barbarie ajena mientras garantiza la más absoluta impunidad para la propia.
Bajo esta luz, resulta de un cinismo casi literario ver a la Unión Soviética vistiendo la solemne toga de la justicia internacional, impartiendo lecciones de derechos humanos al mundo para juzgar atrocidades nazis, exactamente al mismo tiempo que en su propia maquinaria estatal engullía a millones de inocentes en el abismo helado del Gulag.
Su actuación como juez supremo en Núremberg nos deja una dura lección histórica: cuando la ley pierde su imparcialidad y exime a quien la dicta, deja de ser Derecho. La justicia, al desvanecerse el espejismo de la imparcialidad, se corrompe hasta convertirse en el puño del más fuerte sosteniendo la balanza.
6. La perversión de la justicia distributiva. El alimento como mecanismo de control y la quiebra de la equidad de Rawls.

Atendiendo al ámbito penal, vemos la rotura de la justicia retributiva ante la imposición de penas desproporcionadas, elásticas y sin existencia de delito real, pero observamos la perversión de la justicia distributiva cuando en el Gulag el reparto de los bienes deja de basarse en la equidad para convertirse en un salvaje mecanismo de extorsión. Si atendemos al significado iusfilosófico clásico y a la definición que Ulpiano dio de la justicia, podemos referirnos a esta como la “constante y perpetua voluntad de dar a cada uno lo suyo”. Podemos decir que la justicia distributiva, en un estado de derecho busca la equidad de bienes y servicios, siendo la base de esta la dignidad intrínseca de cada persona. Sin embargo, en la obra de Solzhenitsyn, encontramos que lo que se atribuye a cada persona no se fundamenta en sus derechos sino en la utilidad que representa para el Estado. Derechos básicos como la comida pasan a convertirse en un mecanismo de extorsión y control de masas.
En el campo, un trozo de pan viene siendo la fuente de vida de los presos. Es precisamente el narrador, quien nos cuenta la tensión con la que recibía diariamente Iván la comida, examinando y pesando sus quinientos cincuenta gramos diarios de pan, temiendo que le robaran unos gramos, hacían agujeros en sus colchones para ocultar reservas de comida. En resumen, un ambiente de supervivencia, donde el preso solo vive “diez minutos en el desayuno, cinco durante la comida y otros cinco en la cena”. Esta inicua “justicia” establece que quien tiene poder tiene derecho a alimentarse, viéndolo claramente cuando se narra que “aquí rige la ley del más fuerte”. La clara escenificación de la violencia y el caos la vemos en el barracón comedor, donde el autor describe este espacio como infrahumano, donde la muchedumbre se agolpa hambrienta y desesperada por comer. Los cocineros y ayudantes roban raciones antes de que lleguen a los trabajadores, pero es el propio Estado quien permite y fomenta no solo esta corrupción en la distribución, sino que además la cultiva, fragmentando a los presos, forzados a pelear entre sí por restos de comida, como si se les hubiera arrebatado toda condición humana.
Este oscuro ecosistema de supervivencia representa la antítesis absoluta de la justicia distributiva tal y como la vemos en John Rawls, donde se defiende que cada persona posee una inviolabilidad fundada en la justicia, y es que obligar a una minoría a sufrir o perder libertades solo para que el resto de la sociedad disfrute de comodidad, solo nos hace sino alejarnos de una sociedad justa y de la esencia misma de la dignidad humana. Para hacer frente a esta anulación del individuo promovida por el sistema, la única respuesta es la organización colectiva a través de la brigada. Cierto es que el sistema soviético las diseñó con una vocación controladora, y es que esta “no está para que la comandancia vigile a los presos, sino para que unos presos se vigilen a otros”20 . Es un claro reflejo de que los dos caminos a elegir: trabajar más o reventar todos de hambre.
7. Conclusión: El límite ético del positivismo jurídico y la resistencia de la dignidad humana.
Este análisis del hambre en los campos soviéticos nos demuestra que el positivismo jurídico más radical puede vaciar el Derecho de cualquier contenido ético. Fue precisamente el jurista Gustav Radbruch, quien denunció esta absoluta desconexión moral, tras reflexionar sobre los estragos de los totalitarismos del siglo XX. Este señaló que el positivismo, aferrado al peligroso dogma “lex dura sed lex”, dejó a los juristas desarmados frente a leyes arbitrarias y delictivas, incapacitándoles para oponerse a la mayor de las injusticias disfrazada de legalidad. Es por ello que cuando a una institución le falta todo sentido de la justicia, no solo estamos ante un derecho injusto, sino ante un espurio sistema que carece de toda naturaleza jurídica.
El Gulag de Aleksandr Solzhenitsyn no es un error del Derecho, sino su inversión total: la ley convertida en herramienta de dominación bajo una fachada de legalidad, donde el soviético destruye la justicia y sustituye la persona por la utilidad. Radbruch advirtió que cuando la ley pierde su vínculo con la justicia, deja de ser Derecho y se convierte en tiranía, pero incluso en este sistema diseñado para anular al ser humano, la dignidad resiste en lo mínimo, en lo cotidiano. Iván no es solo un preso, es la prueba de que la libertad interior sobrevive incluso cuando todo lo demás ha sido destruido. Este sistema encerró cuerpos, quebró esperanzas, pero en ese asfixiante conteo de días resonaba el grito de un ser humano que, aferrado a su dignidad, solo ansía que por fin le devuelvan, de una vez por todas, la vida que le ha sido expropiada.
BIBLIOGRAFÍA
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